Horta de Sant Joan


Publicado en http://www.apascual.net el 20 de Marzo de 2010

Hoy no me apetece hablar de política y me sale la vena más atrevida del formador profesional. No quiero hablar de política porque, en estos momentos, no vale la pena reiterarnos muchos en lo dicho y en el silencio que se está produciendo mientras se negocia entre bambalinas cual titiriteros acrobáticos. Lo dejamos para más adelante.

Me apetece y mucho hablar de algo tan poco conocido en materia de gestión, Management y/o liderazgo como obviado por todos, quiero reflexionar sobre el ERROR. Ese viejo conocido de todos nosotros, con el que venimos conviviendo toda nuestra vida, desde que tenemos uso de razón o antes.

Viene a cuento el tema, que todos los que han asistido a sesiones formativas conmigo conocen por reiterado y recurrente, porque el día 7 de Marzo, en La Vanguardia, suplemento DINERO –muy recomendable para seguir cada semana-, firmaba un artículo Jordi Goula haciendo referencia a este asunto bajo el título ¿Le frena el miedo a equivocarse? En el que reflexionaba mucho y bien sobre este miedo que nos aterra y nos maniata conculcando nuestros más elementales derechos a la innovación, al cambio, a la evolución y a la mejora.

Hemos sido continuamente estigmatizados por una sociedad exigente y farisaica, dictatorial al amparo de una dictadura militar, por cada error cometido desde la más tierna infancia, por profesores y maestros formados, a su vez, en una cultura del castigo basada en el lema “la letra con sangre entra”. Nuestros padres no han ido a la zaga en muchas ocasiones dejando ir sopapos, galletas, leches y collejones –no se trata de pastelería fina y dulce, si no de edulcorados adjetivos convertidos en sinónimos agridulces de lo que no dejaba de ser lo que ahora conocemos como violencia y agresión- a diestro y siniestro y sin contemplaciones muchas. La sistemática de prueba-error-bofetada ha formado parte indisoluble de una serie de generaciones que se han educado a su amparo y cuyos resultados, si es lo único que se trata de evaluar, han dado ciudadanos respetuosos y correctos además de miedosos y prudentes, no fuera a ser.

Esta cultura basada en la prueba-error-bofetada ha traspasado los muros porosos del mundo laboral (empresas, administración y lo que se tercie), en el que nos encontramos con gran cantidad de incompetentes ostentando cargos y responsabilidades que no entran en su tarjetas de tan largos que son, hasta convertirse en un clásico prueba-error-sanción/despido. Sólo hace falta recordar la famosísimaTeoría de Peter, encerrada en un librito de gran reconocimiento en los 70 y que ahora parece que se ha perdido en el olvido. Dicha teoría desarrollada por Laurence J. Peter en el 69 (que cosecha… Dios mío, la de ese año) venía a decir así: El principio de Peter dice que en una empresa, entidad u organización las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad una y otra vez, hasta que alcanzan su nivel de incompetencia. Posteriormente, Scott Adams –Dilbert, la recondujo hacia un nuevo estado: las compañías tienden a ascender sistemáticamente a sus empleados menos competentes a cargos directivos para limitar así la cantidad de daño que son capaces de provocar.

Esa incompetencia manifiesta es la que les lleva a acosar, literalmente, a todos aquellos que se atrevan a estirar los límites de sus atribuciones, los límites de su trabajo, los límites de lo que desde arriba se impone en un claro afán de mantener el estatus en un cauce controlado para poder seguir manteniendo sus puestos a seguro. Para llevar a cabo su tarea se bastan de una rudimentaria y antigua, pero altamente efectiva, técnica que aprendieron cuando eran más pequeños, revoltosos e, incluso, atrevidos e inteligentes. He dicho, eran. Practican el descubrimiento del error en todos los que se encuentran por debajo suyo, sistemáticamente. Una vez detectado el error, cual si se tratara de una pepita de oro, proceden a mesurar su peso y dimensión. Seguidamente, se ponen manos a la obra, si no lo tienen ya detectado, a buscar al culpable.

Bien¡ Ya tenemos al culpable ¿lo fusilamos, jefe?. Porque azotarlo está mal visto, la legislación actual lo impide –afortunados-; despedirlo es complicado por culpa de estos nefastos políticos; mobbinearlo no creo que los sindicatos nos fueran a dejar así, sin más; así que, qué hacer con ellos.
En el citado artículo de La VanguardiaSalvador Tudela, presidente del Foro de RRHH de Fomento de Trabajo dice que “…en nuestro país no tenemos interiorizada una cultura que procure la implementación de nuevas prácticas orientadas a facilitar que la equivocación no se penalice” ¿Qué quieren decir con “no se penalice”? Oigan, que no se trata ya de no penalizar, se trata, ni más ni menos, que de ser capaces de implementar y desarrollar una cultura basada en el error como factor de evolución, de avance, de mejora, de aprendizaje…
¿Loco? No, prefiero mil veces a que alguien se equivoque por hacer a que no lo haga por no intentarlo. Otra cosa es el error permanente, reiterado, repetitivo, incluso punible y perseguible por llegar a convertirse en un boicot en toda regla, pero es que no estamos hablando de eso, estamos hablando de que nuestras empresas tienen instaurada una cultura del terror al error. Cuando vienen alumnos a mis formaciones –mandos intermedios la mayoría de veces- y les explicas que deben intentarlo, que su obligación es estirar los límites para alcanzar los objetivos de sus compañías porque dentro de su marco de actuación no mejoran nada de lo que tienen y/o hacen, se te quedan perplejos pensando “este tío quiere que mañana nos despidan a todos; debe de ser uno de esos iluminados que nunca han trabajado, sabrá el de lo que es el mundo empresarial”.

Pues sí, sí que lo sabemos. Lo sabemos y lo hemos sufrido pero ha llegado el momento de decir basta. Cuando algo no funciona y se sigue haciendo igual no va a cambiar. Ahora, hoy, y no sólo por la crisis, el mundo empresarial no está funcionando en España. Dicen que es la crisis y es cierto pero, además, el modelo empresarial español es caduco y obsoleto y debe cambiar porque de no hacerlo corremos el riesgo inequívoco de que, a la salida de la crisis, descubramos que nuestras empresas no valen para nada y la crisis siga invariablemente implantada en nuestra sociedad.

Deseo que mi gente se equivoque, detecte el error y se auto proteja para evitar que se reproduzca. ¿Cuántas veces precisó Thomas Edison, al que se le atribuye el invento de lámpara incandescente pese a que sólo se limitó a su perfeccionamiento, hasta dar con el filamento de bambú carbonizado que le permitió lucir cuarenta y ocho horas seguidas? ¿Acaso, los anteriores intentos no fueron errores?.
El miedo a las represalias, a las consecuencias y a la reprobación del resto del colectivo hace de nosotros auténticos linces en la ocultación de los errores que lejos de hacernos mejores, nos convierte en mediocres. Los mecanismos sociales son perversos en sí mismos. Todos cometemos errores y, para no sentirnos tan inútiles, tan fracasados, esperamos con atención el error de los demás, desde el Jefe del Gobierno hasta el último empleado que nos sirve el pan cada día, y así sentirnos conformados con nosotros mismos.

Sólo un apunte final, en Japón no persiguen el error, se limitan a estudiarlo, analizarlo y a reestructurar los protocolos para evitar su reproducción. ¿Quieren saber como lo gestionamos aquí? Sólo hace falta que sigan atentamente las declaraciones de unos y otros en el Parlament de Catalunya respecto al incendio presuntamente provocado en la Horta de San Joan, con los resultados luctuosos por todos conocidos. Es el penoso ejemplo de todo lo que les he expuesto a lo largo de mi reflexión.

Así somos y así nos ven.

¿Se pensaban que me había equivocado en el título?

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Acerca de pascualpicarin
Formador, capacitador, conferencista. Interim Manager. Consultor. Empresario. Emprendedor.

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