Ahí y en ese momento, no tocaba.


Aunque esto signifique meterme en un jardín lleno de flores, pisando a más de una, como socio que soy desde hace cerca de cuarenta años del FC Barcelona, con abono y pleno derecho a opinar, tengo que decir que el señor Guardiola, el mejor entrenador del Barça en los más de cien años de su historia en atención a los resultados obtenidos por el equipo que éste dirige, se ha equivocado con sus declaraciones. Y no lo ha hecho por el contenido, ni tampoco porque como socio no deba opinar, se ha equivocado por hacerlo en el lugar menos indicado.

Vaya por delante que sus razonamientos no me parecen ni ecuánimes, ni ponderados. Es una cuestión de opiniones y todos debemos respetar las de los demás y, por tanto, la suya me merece todos los respetos y no la contestaría, todo y que la van a leer muy pocos pero muy importantes para mí,  de no ser por haberla hecho ahí en donde no debía.

Respetando completamente y sin ningún género de duda la labor profesional de Guardiola como entrenador del Barça, impecable en muchísimos aspectos, valga decir que mi opinión con respecto a él se remonta a los años noventa, Dream Team, en los que tuve la ocasión de coincidir con varios jugadores del club por motivos publicitarios de la empresa que dirigía. Así como guardo muy buen recuerdo de los Bakero, Busquets, Nadal, etc., el que me queda de nuestro entrenador es el de un profesional que cumplía muy a disgusto con las obligaciones publicitarias y públicas inherentes a su profesión, exigiendo en algún momento que se le evitara tener contacto con los cazadores de autógrafos. Por tanto, poco me extraña esa filosofía suya de entrenos a puerta cerrada, sacar a los jugadores de las inmediaciones del Camp Nou para llevárselos a la Ciudad Deportiva, no asistencia a según que actos publicitarios, etc. Probablemente esta actitud tenga mucho que ver con su carácter reservado, pero las obligaciones derivadas de cada profesión son inherentes al salario y, por tanto, de obligado cumplimiento.

Aclarado esto para situarnos, hasta la fecha y como entrenador del club que le paga, poco o nada tengo que decir en su contra. Ha sido capaz de representar un rol impecable que comunica, sin fisuras, una serie de valores que deberían estar ampliamente extendidos en todo el mundo y con los que muchos nos hemos sentido identificados. Su estrategia de evitar confrontaciones con todos cuantos le vituperaban y con las encendidas proclamas de su adversario por antonomasia, ha resultado modélica gestionándola a la perfección hasta conseguir convertirla en obra de arte cuando respondió por primera y única vez.

¿Qué sucedió el sábado por la noche para que rompiera una norma que tan bien venía aplicando? Simplemente, Guardiola se devino humano y su estrategia se alió con sus más subjetivas creencias. Ya he dicho que cada cual tiene el derecho a tener y mostrar sus opiniones, esa es la grandeza de la democracia y de la libertad, no siempre bien valoradas cuando las ejercen otros. Lo que no puede hacerse es utilizar los medios que alguien, quien te paga, pone a tu alcance con distinta finalidad a la que los deberías destinar.

En un club en el que coexisten más de cien mil socios, se aúnan distintas sensibilidades, entre ellas la de cientos de compromisarios indignados por una labor financieramente nefasta y plagada de discutibles criterios contables pero, sobre todo, presentada públicamente con la presunta intención de no mostrar la realidad. Guardiola dice, donde no debe, que todos los presidentes hacen cosas bien y mal hechas, lo cual es cierto y extensible a todos los demás , y que por eso el Club, debería dejar de hacerles sufrir.  Puestos a hacer demagogia de libro, por esa simple regla de tres, cualquier empresario que quiebre su empresa, debería ser absuelto ya que también habrá realizado cosas buenas y malas. Apliquemos la misma norma a todos los presientes de gobiernos que hicieron lo propio y, por qué no, a los dictadores. No es de recibo. La Ley se transgrede o no, sin términos medios ni componendas. Luego vendrán los atenuantes a tener en consideración y no es lo mismo robar que matar, es obvio, sin querer decir ello que nadie haya hecho ninguna de las dos cosas en el caso que nos ocupa.

Otra cosa sea que, Guardiola, quisiera que esto no hubiera trascendido al terreno jurídico público, pudiendo haber quedado en un juicio privado e interno, como ya se aplicó con algún socio a cargo de la anterior Junta, con bastantes malas artes. Yo, por descontado, también hubiera preferido que se nombrara a un jurista externo de reconocido prestigio que tratara el caso, lo analizara y diera una sentencia en la que lo peor hubiera podido ser la pérdida de condición de socio en el caso que se demostrare la culpabilidad de Jan Laporta, aún por demostrar. No creo que este tipo de asuntos deban acabar en un tribunal público.

Pero Guardiola no debe obviar que fuimos los propios socios quienes lo solicitamos, cansados de ser ninguneados por un presidente que nos humilló, que nos utilizó y que, no conviene olvidarlo, presuntamente nos engañó. No es un tema de Juntas, como lo presentan, somos miles de socios que apoyamos este posicionamiento porque no hay otra manera de hacerlo y porque no estamos dispuestos a sufrir a ningún otro presidente que nos arrastre por el lodo en todo lo que no fuera deportivo y, en cualquier caso, son nuestras opiniones expresadas en una Asamblea y sujetas a la decisión de terceros que serán quienes dictaminen. Podemos opinar, pero nunca juzgar ni pontificar.

Para acabar, Guardiola no debía haber respondido jamás a esa pregunta en una sala de prensa y en medio de una rueda de prensa que sólo tenía que ver con el partido. No hubiera tenido ningún problema para conseguir que cualquier medio le hubiera entrevistado o dar una rueda de prensa fuera de ese ámbito estrictamente deportivo y habría alcanzado el mismo eco mediático teniendo en consideración que cuenta con los dedos de la mano las que ofrece . Con su actitud, meditada y estratégica, quién sabe si cimentada y orquestada durante la cena que mantuvo hace una semana con Jan Laporta y JohanCruijff, no sólo ha puesto en un aprieto a la actual Junta, sino también a todos los socios que de nuevo, una vez superado la división entre partidarios y detractores gracias a su persona y actitud, nos vemos abocados a tomar partido muy a pesar de nuestra voluntad.

El FC Barcelona está, debe de estar, por encima de todas y cada una de las personas que lo encumbraron y lo siguen manteniendo, se apelliden como lo hagan; sean holandeses, andaluces o catalanes; entrenadores, presidentes o socios. La única voluntad que nos vale es la de la mayoría de sus socios, los que tienen derecho a votar y eso ya lo hicimos resolviendo que debería de ser juzgado por alguien imparcial.

Y para aquellos medios de comunicación que opinan que esta es una mala imagen y por otra parte exigen más transparencia, deberían aprender primero que el ejercicio democrático de expresarse y confrontar las ideas es una muestra de vitalidad y no una debilidad, del que estamos muy faltos en las organizaciones modernas y empresariales; y segundo, que aclaren sus ideas ya que mayor transparencia no puede haber sin poner en peligro todo aquello que sustenta al Club en los complejos momentos económicos y financieros en los que vive instalada nuestra sociedad, así que decir por una parte que se sea transparente y, por la otra, que no se hagan públicas las diferencias sólo puede responder a una bicefalia de pensamiento muy útil para zurrar al contrario a discreción, lo hagas de una manera o de la otra.

La última tomadura de pelo de la agonizante legislatura


Esta semana hemos concluido uno de los más esperpénticos espectáculos político-circenses con los que nos hemos visto sorprendidos a lo largo de un final de legislatura marcada por el acoso y derribo a un presidente, legalmente elegido –aunque yo no le votara- en las urnas de la democracia, por parte de elementos de su propio partido y, como ya viene siendo habitual –así logró el refrendo en su día el Presidente Aznar-, por parte de una oposición dispuesta, no ya a no dejar pasar ni una, hasta aquí razonable, sino a crear y generar todo tipo de situaciones, le fueran bien al país o le fueran mal, que tanto daba, orientadas a su fracaso político y económico que es el de todos.

La aprobación ayer del impuesto sobre el patrimonio no sólo es ridículo, por cuanto no se llegará probablemente a aplicar nunca y en el mejor de los casos se hará en aquellas comunidades que así lo decidan, sino que resultaría ineficaz por el monto de la recaudación esperada, no más de mil millones de euros, calderilla para nuestras arcas por más endeudas que estén, y lo están.

Ayer, jueves 22 de Septiembre, en el programa semanal que tenemos en Radio Martorell, Societat de Consum (Sociedad de Consumo), que presento y dirijo junto a mi amigo Miguel Pérez, tuvimos la oportunidad de entrevistar a dos parlamentarios catalanes en Madrid: D. José Vicente Muñoz del PSC y D. Carles Campuzano de CiU. Más allá de las diferentes lecturas y planteamientos que ambos hacían respecto a la aplicación y origen que motiva la aprobación de la referida Ley, ninguno fue capaz de darnos respuesta a nuestra objeción estrella:

¿Cómo es que volcamos esfuerzos, y hablando pronto y mal, mala leche por parte del contribuyente, aplicando una ley que no nos resuelve nada excesivamente crítico, teniendo en cuenta el volumen de dinero recaudado y, en cambio, permitimos, sin más, que Hacienda, a través de sus técnicos, declare que las grandes empresas defraudan más de 42.700 millones de euros al año?¿No sería más lógico motivar con medidas contundentes el cumplimiento de la ley por parte de las grandes compañías y no liar más el asunto?      

Ninguno de los dos dio una respuesta clara y directa. Uno la evadió -estrategia envolvente colateral tomando una circunvalación- y el otro nos expuso lo mucho que supone el fraude que constituye la economía sumergida -pregunta lo que quieras que yo te responderé lo que me de la gana-.

Viene a cuento esta pregunta, nada tramposa, de que ha sido publicado un informe por parte del Sindicato de los Técnicos de Hacienda (GESTHA), Lucha contra el fraude fiscal en la Agencia Tributaria, en el que se denuncia que las grandes fortunas y las grandes empresas fraudan anualmente cuarenta y dos mil setecientos once millones de euros, cifra que representa el 71’8% del total del fraude en nuestro país y triplica el cometido por pymes y autónomos.

Afirman, igualmente y de forma especialmente grave, que: “desde hace muchos años se ha puesto la lupa sobe las rentas del trabajo, de los autónomos y de las microempresas en lugar de perseguir las grandes bolsas de fraude

Antes de acabar el programa, contactamos en antena con D. José María Mollinedo, secretario general del citado sindicato, que declaraba, respondiendo a nuestras preguntas, que el hecho de no poner la lupa sobre las grandes bolsas de fraude responde, exclusivamente, a un criterio de supuesta efectividad adoptado por la Dirección General de Hacienda, que son quienes marcan los planes estratégicos de actuación para cada ejercicio, en lugar de hacerlo el propio Gobierno. Eso hace que les resulte más fácil centrarse en los pequeños, que carecen de medios para dar respuesta a las acciones e inspecciones que realizan, en lugar de centrarse en las grandes toda vez que éstas sí cuentan con asesores, abogados, consultores, etc. De hecho, nos confirmaba el señor Mollinedo que dedican un 80% de los recursos humanos en el seguimiento, inspección y demás sobre los “pequeños” dejando, tan sólo, un 20% para controlar allí donde se concretan las grandes bolsas de fraude.

En conclusión, ¿no era mejor orientar nuestros esfuerzos a recuperar, al menos, tres mil millones de euros en esas grandes corporaciones, que montar toda la parafernalia mediática, política, folclórica y demás adjetivos que se les quiera adjudicar, en la aprobación de una ley que ha nacido sentenciada por apenas mil millones de euros? Seguramente sí, pero tenía menor repercusión a la hora de captar votantes.

¿Conclusión? Que se vayan todos para su casa y se tomen una legislatura sabática, o mejor dos.

Por cierto, que no he sabido encontrar, en ningún medio, un paralelismo entre ambas noticias aparecidas con apenas una semana de diferencia.

Como diría Forges: País.