Vivir la vida… en lugar de pasar la vida


Hay ocasiones en que más es menos y añadir unas palabras a algo tan genial y completo, como este cuento que hoy os quiero presentar de Jorge Bucay, no sólo es superfluo, sino también tan atrevido como innecesario.

Os dejo, sin más dilación con esta reflexión en forma de cuento que aglutina algo que he venido defendiendo hace muchos años y que se convirtió en mi tabla de salvación cuando las cosas parecía que no iban por donde debieran circular bajo mi particular punto de vista. Bucay le puso música a ideas deshilvanadas que se entretejían en mi mente y que, ahora, quiero compartir con todos vosotros para que me deis vuestra opinión sobre ello, para que entre todos seamos capaces de enriquecer la sabiduría que transmite, constantemente, este argentino autodefinido como ‘ayudador profesional’ y compartirlo con los demás.

“Un poco antes de llegar a un pueblo en el que nunca había estado, el hombre se topó con un paisaje que le llamó mucho la atención. Era una colina tapizada de un verde maravilloso, cubierta de árboles, pájaros y flores encantadores; la rodeaba por completo una valla pequeña de madre alustrada. El hombre traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre un centenar de piedras blancas, distribuidas como al azar entre los árboles.

Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor. Al hacerlo, descubrió sobre una de las piedras una inscripción: Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días. Se sobrecogió al advertir que esa piedra no era simplemente una piedra, sino una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenían una inscripción. Se acercó a leerla: Yamir Kalib, vivió 12 años, 8 meses y 3 semanas.

El buscador se sintió terriblemente emocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que le espantó, fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los catorce años. Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.

Una mujer que aparentemente cuidaba el parque del cementerio, se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si podía ayudarlo.

No -dijo el hombre-. Salvo que pueda explicarme qué pasa en este pueblo. ¿Por qué tantos niños muertos?¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio para niños? La mujer sonrió.

Puede usted serenarse -le dijo-. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí colgando del cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de ahí, cada vez que uno disfruta o padece intensamente, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda, qué fue lo vivido; a la derecha cuánto tiempo duró su emoción.

Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?¿una semana?¿dos?¿tres semanas y media?… Y después, la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?¿el minuto y medio del beso?¿dos días?¿una semana?¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo…?¿Y la partida de un ser querido?¿Y el viaje más deseado?¿Y el encuentro del hermano que vuelve de un país lejano?¿Cuánto tiempo duró el palpitar de su corazón en esas situaciones?¿horas?¿días?.

Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos o padecemos. Cuando alguien muere –terminó de explicar la mujer-, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo anotado en ella. Escribimos luego el total sobre su tumba, porque sabemos que solamente el tiempo vivido con intensidad es tiempo verdaderamente vivido.

Lo demás es pasar la vida”

Este cuento fue dedicado por Jorge Bucay a Rosario con quien compartió la entrevista que fue publicada por la Revista Lecturas el 19 de Septiembre de 2007 y que, desde entonces, conservo en mi agenda para recordar su enseñanza.

La verdad es que todos tendemos a etiquetar todos los acontecimientos que nos suceden como buenos o malos: ‘fue una mala época‘, ‘pasé un mal momento‘, ‘que tiempo más feliz‘, ‘cometí muchos errores‘, ‘hice una gran operación‘, ‘me equivoqué‘, etcétera. Al final, resulta, si tenemos en cuenta las palabras de Bucay, que no es tanto así y que todo lo que nos sucede, lo que sentimos y vivimos,  forma parte irrenunciable de nuestra propia vida, es lo que nos hace ser personas tal y como somos. No hay bueno o malo, acierto o error, no somos binarios afortunadamente y nada de lo que vivimos se acaba reduciendo a dos opciones dicotómicas de una misma realidad. Lo cierto es que somos únicos, en todos los sentidos, y lo que nos resulta bueno o malo no es más que dos formas de entender una misma realidad, la nuestra propia, el yo de cada cual.

Espero que os haya gustado y, sobre todo, que os sirva para entender lo que pasamos en esta vida y para qué.

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