Por pobreza nunca desmayéis, pues otros más pobres que vos veréis


Estamos en plena Pandemia, Este post lo escribí en 2012 y lo volvía a republicar en 2018. Es, posiblemente, uno de los más leídos de mi Blog desde que inicié este en 2011. ¿Por qué volver a republicarlo?¿oportunismo? No, nada de eso. Hablamos mucho de la gestión, de la administración, del marketing y hasta de la producción, por descontado de la financiación, pero muy poco del sentimiento de las personas que promovieron sus negocios y acabaron fracasando; de todos los que ahora están sujetos a ERTES que, muy probablemente, acabarán en despidos; de ejecutivos y asalariados que han sujetado su vida a unas condiciones económicas que no se adaptan ya a la realidad post pandémica; a autónomos, en algunos casos por obligación y necesidad y, en otros, por convicción e historia, abocados al cierre de sus negocios y establecimientos. Pocos de ellos van a contar con ahorros suficientes para mantenerse en tanto nuestras circunstancias económicas se reflotan -los más optimistas lo sitúan a diez años vista- ni sus exiguos ahorros les van a permitir resistir mucho tiempo. El propio país hace gala de una pobreza sin igual, fiándolo todo a las transferencias de fondos desde una Europa muy crítica con la gestión económica y financiera de los políticos y gestores españoles en quienes no confían.

Hemos llevado a nuestros conciudadanos a la dicotomía entre elegir salud o trabajo. Debemos elegir entre la urgencia de enfermarnos o la urgencia de subsistir económicamente. Estamos empezando a aceptar que algunos deberían poder morir para que el ciclo económico no se interrumpa por más tiempo entre los supervivientes. Y, en medio de este desbarajuste, nos encontramos con que, en España -uno de los países con menos vacunación real ejecutada-, no se vacuna 24 horas seguidas, fines d semana y festivos incluidos. Cuestiones laborales y del estado del bienestar, rémoras de un pasado ficticio que dilapidó los fondos que nos enviaba Europa para mejorar nuestra competitividad a raíz de la entrada española en el Mercado Común Europeo. Lo dicho, los españoles no somos capaces de aprender nada de nada de nuestra historia. Historia que nos lleva a literatos tan preponderantes como los ínclitos Juan Manuel y mi antepasado Calderón de la Barca. En este caso he preferido elegir el texto de Juan Manuel que fue el primero de los dos en convertir en literatura este tema que hoy nos ocupa

Hemos llevado a nuestros conciudadanos a la dicotomía entre elegir salud o trabajo

Cuando el sufrimiento se torna insufrible; cuando los problemas que me acechan dejan de ser problemas para convertirse en callejones sin salida; cuando el horizonte se torna gris oscuro y tapa el sol que me alumbra y me da calor; cuando las deudas superan con creces los ingresos y la nevera está vacía; cuando pierdo algo caro, importante, emotivo para mí  o a alguien muy querido se va… recuerdo el cuento anónimo de D. Juan Manuel, El Conde de Lucanor y lo aplico a todos los órdenes de la vida y no por conformismo, bien al contrario, sino porque Dios me dotó de unos atributos y valores que me diferencian de los demás –primera regla del marketing moderno: diferenciación- y porque les debo, a todos los que tienen menos posibilidades, ese esfuerzo para alcanzar su respeto y ayudarles a que puedan competir en las mejores condiciones posibles.

Este es el mundo de todos, de las posibilidades, no el de unos pocos y sin opciones. El niño de la imagen nos lo demuestra ¿Quién se atreve a discutírselo? No tenemos excusas ni tiempo para el lamento. Levantarnos al caer y seguir porfiando por alcanzar la cima de cada uno, recuperar los sueños perdidos, los anhelos rotos, las ilusiones desvanecidas, los amores heridos, las necesidades insatisfechas, las empresas quebradas, los puestos de trabajo evaporados… Caerse forma parte de la propia vida, equivocarse y perder también. Levantarse o quedarse en el suelo, es una opción personal que cada cual debería afrontar, de la misma manera que hacer las cosas de manera excelente o para cubrir el expediente; también estar dispuestos a hacer lo que haga falta o simplemente lo mínimo imprescindible de acuerdo a Ley. Luego, nos quejaremos de que nuestros sectores económicos se arruinaron y afirmaremos, entre balbuceos, que la culpa no fue nuestra.

Si tú, lector de este Blog, estás atravesando cualquiera de esos momentos, no lo dudes ni un instante… no tienes otra salida más que levantarte y ponerte en pie, las demás no son opciones. He conocido algunos que utilizaron la puerta de atrás, no seré yo quien juzgue, pero me habría gustado que ahora me leyeran y poder compartir con ellos un café riéndonos de esos malos momentos tan pasajeros como los buenos.

Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:

-Patronio, bien sé que Dios me ha dado mucho más de lo que me merezco y que en todas las demás cosas sólo tengo motivos para estar muy satisfecho, pero a veces me encuentro tan necesitado de dinero que no me importaría dejar esta vida. Os pido que me deis algún consejo para remediar esta aflicción mía.

-Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, para que vos os consoléis cuando os pase esto os convendría saber lo que pasó a dos hombres que fueron muy ricos.

El conde le rogó que lo contara. 

-Señor conde -comenzó Patronio-, uno de estos hombres llegó a tal extremo de pobreza que no le quedaba en el mundo nada que comer. Habiéndose esforzado por encontrar algo, no pudo más que encontrar una escudilla de altramuces. Al recordar cuán rico había sido y pensar que ahora estaba hambriento y no tenía más que los altramuces, que son tan amargos y saben tan mal, empezó a llorar, aunque sin dejar de comer los altramuces, por la mucha hambre, y de echar las cáscaras hacia atrás. En medio de esta congoja y este pesar, notó que detrás de él había otra persona y, volviendo la cabeza, vio que un hombre comía las cáscaras de altramuces que él tiraba al suelo. Este era el otro de quien os dije también había sido rico. 

Cuando aquello vio el de los altramuces, preguntó al otro por qué comía las cáscaras. Respondiole que, aunque había sido más rico que él, había ahora llegado a tal extremo de pobreza y tenía tanta hambre que se alegraba mucho de encontrar aquellas cáscaras que él arrojaba. Cuando esto oyó el de los altramuces se consoló, viendo que había otro más pobre que él y que tenía menos motivo para serlo. Con este consuelo se esforzó por salir de pobreza, lo consiguió con ayuda de Dios y volvió otra vez a ser rico.

Vos, señor conde Lucanor, debéis saber que, por permisión de Dios, nadie en el mundo lo logra todo. Pero, pues en todas las demás cosas os hace Dios señalada merced y salís con lo que vos queréis, si alguna vez os falta dinero y pasáis estrecheces, no os entristezcáis, sino tened por cierto que otros más ricos y de más elevada condición las estarán pasando y que se tendrían por felices si pudieran dar a sus gentes aunque fuera menos de lo que vos les dais a los vuestros.

Al conde agradó mucho lo que dijo Patronio, se consoló y, esforzándose, logró salir, con ayuda de Dios, de la penuria en que se encontraba. Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen:

Por pobreza nunca desmayéis, pues otros más pobres que vos veréis.”

Si te gustó la Reflexión… difúndela, nunca sabemos a quién puede llegar a ayudar.

2 comentarios en “Por pobreza nunca desmayéis, pues otros más pobres que vos veréis

  1. Esto es la vida misma, siempre hay en el mundo personas que tienen más que uno, y otras que darían la vida por tener lo que uno tiene, aún creyendo uno que tiene es poco.

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