Déjame, Señor, morir enamorado.


Una reflexión oportuna para Semana Santa…

y para cualquier otra época del año

 

Hace años (falleció el 26 de Julio del 70), un brillante periodista, además de ensayista, crítico y literato, llamado Luis Marsillach escribía en la Hoja del Lunes que, además, dirigía un artículo de fondo con el mismo encabezado que he querido respetar en este post. Mi padre, lector y seguidor de tan insigne pluma, guardó el recorte entre sus más preciados tesoros. Hoy, hojeando y recordando en medio de un innecesario acto de nostalgia, recuperé este tesoro, nunca mejor dicho, y me propuse compartirlo con todos porque sigue vigente después de más de cuarenta años. Sea este, un homenaje a Don Luis, a mi padre, a una generación impagable y a todos los que aman la vida y las circunstancias que ésta encierra.

Muchos lectores se me quejan por la tristeza que rezuman mis artículos desde hace algún tiempo. Lo atribuyen a mi enfermedad. Y no falta quien me proponga no escribir hasta que, vencida la dolencia, recupere la serenidad de espíritu. Bueno, la idea no deja de ser tentadora. No creo, sin embargo, que sea lo más conveniente. Para mí, claro. Abandonar el trabajo sería renunciar a la lucha, entregarse al dolor. Y la renunciación está muy lejos de mi ánimo. No renuncio a nada. No renuncio ni siquiera al dolor.

Siempre desee infundir ánimos a mis lectores. Tremendo fracaso si ahora fallasen los míos. No lo quiera Dios. La enfermedad, que tampoco es tan grave, no me tiene vencido. Pero uno está muy lejos de la santidad, y se deja ganar por el desaliento muchos combates del alma ¿Por qué ocultarlo cuando uno vive en espiritual diálogo con los demás? Hay que aprender a llorar en sociedad. Pero ¡qué alivio llorar sobre el hombro de un hermano!

Es injusto acusarme de llevar tristuras y desaliento a quienes hasta ahora hablé de la alegría de vivir. Nunca presenté la vida de color de rosa. Menguado optimismo el que ha de apoyarse en falsedades. Que sintamos la alegría de vivir no significa que la vida sea alegre. Significa que la aceptamos gozosos y agradecidos en la dicha que nos da y en el sufrimiento que nos aporta. Por amor a la vida amo el dolor que me aflige. Por amor a la vida, amo también a la muerte.

No estoy desesperado. Sigo creyendo en el amor, en la bondad natural de la mayoría de los hombres, en el triunfo de la causa del bien, en un futuro sin guerras, injusticias ni discriminaciones. Sigo creyendo que la vida es maravillosa.

Sólo hace falta amarla. Amarla en todo lo creado. Sentir, en todo lo que existe, el soplo de Dios. Y esperar, esperar siempre. Con fe, con ilusión, con ardoroso anhelo. El esperado está llamando a nuestra puerta. Abrámosle tranquilos y confiados. Él tiene para nosotros una mejor morada.

Mientras, siempre habrá motivos para desear vivir. Todos los que merecen nuestro amor, merecen también que vivamos por ellos. Si mi vida eres tú, ¿cómo no amar esa vida que en ti alienta y es razón y gloria de la mía? Si en algún momento la voluntad se quiebra y el llanto acude a mis ojos, recostaré mi cabeza sobre tu hombro y el consuelo volverá a calentar mi corazón.

Déjame, Señor, morir enamorado.”

Que cada cual concluya  su reflexión. Yo me quedé con la mía y, una vez más, doy gracias a mi padre por la ‘casualidad’ de haber encontrado este recorte amarillento, tantos y tantos años después de haber sido guardado. Una lección más en el momento oportuno, en plena época pandémica, cuando seres queridos, amigos conocidos, personas próximas a nuestro entorno, enferman y mueren. Si no somos capaces de extraer conclusiones determinantes de todo lo que estamos viviendo, es que estamos ciegos, sordos y somos tontos.

Sí que es cierto que la función empresarial, económica y social deben seguir siendo la zanahoria que nos mueva a todos, si no queremos caer en la destrucción del mundo civilizado tal y como lo conocemos. Pero eso de enfrentar la supervivencia sanitaria de las personas con la supervivencia económica social, es una manera de eludir lo más importante y básico: ¿Cuál debe de ser el papel de la administración y de los gobiernos? Si acabamos anteponiendo las cuestiones económicas a las personales, no cabe duda que estamos viviendo en un país muy pobre económicamente; lo daremos por bueno porque no hay otra, pero deberemos tomar decisiones, cuando salgamos de la pandemia, y cobrarnos en las urnas las mentiras, los errores y las incompetencias de nuestros pésimos e indolentes gestores. Lo que no vamos a permitir, o no debiéramos hacerlo, es dejar que nos quiten la última de nuestras libertades: Amar.

Marsillach, de quien recuerdo su sonrisa como si lo tuviera delante hoy mismo, NO dijo: merecen también que muramos por ellos, él afirmó,

Merecen también que vivamos por ellos.

Un comentario en “Déjame, Señor, morir enamorado.

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