Todos tomamos decisiones. Lo difícil es vivir con ellas.


Todos tomamos decisiones a menudo. Unas son más importantes que otras y algunas alcanzan el rango de transcendentes. Muchas, no obstante, son intranscendentales… aunque les presumamos una importancia que no se merecen.

La cuestión no es tanto que las tomemos, no hacerlo implica una toma de decisión implícita, sino cómo vamos a ser capaces de convivir con dicha decisión. Eso hace que temamos y retrasemos, continuamente, las decisiones que, de haberlas adoptado en su momento, nos hubieran podido revertir importantes beneficios personales, económicos o profesionales. Se nos aparece el miedo escénico a la toma de una decisión equivocada o que no se corresponda en sus resultados con lo que habíamos imaginado, previamente, en ese simulador potentísimo que se aloja en nuestro cortex frontal.

Ya va siendo hora de que todos aceptemos nuestra condición humana de seres interrelacionados e interdependientes entre los que, debido a las infinitas variables que se alcanzan a manejar, derivado de la misma interrelación, se pueden dar infinitas posibilidades distintas a las previstas. Ahora dicen que Kasparov, uno de los mayores maestros del ajedrez, cuando se enfrentó a Big Blue, acabó perdiendo porque la máquina tuvo un error y utilizó una opción aleatoria que le descentró y le hizo pensar en que se trataba de una combinación magistral imprevista para él. Tomó una decisión en función de lo que pensaba que podía estar pasando en lugar de hacer lo que hubiera debido, de seguir su sentido común y sus conocimientos, y acabó perdiendo aquella partida.

¿Moraleja? Hagas lo que hagas es posible que te equivoques o que, al menos, obtengas un resultado no esperado pero no nos miremos tanto el ombligo. No son errores nuestros, son circunstancias derivadas de todo cuanto acontece a nuestro alrededor. No somos tan importantes como tampoco los demás tienen la culpa de cuanto sufrimos. Decidamos y aprendamos a vivir con ello como algo natural.

Anuncios