Un cuento, una historia, una vida.


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Esta es una historia que llegó a mis manos casualmente y que compartí con un muchacho maravilloso por el que sentía un especial cariño. Nunca supe si le sirvió de algo o no pero, nuevamente por causalidad, hoy me la he encontrado y no me acabo de explicar porque no la compartí con todos, Hay historietas y cuentos que deberían correr por todo el universo para evitar que personas queridas nos abandonen antes de hora, sin saber bien porque lo hacen.

Nueva coincidencia, hoy me enteraba del fallecimiento de un joven de veintiún años -amigo de la familia- de manera trágica; quién sabe que hubiera sucedido si hubiera podido llegar a leer este cuento. Eso me desespera aún más… como padre, como hombre, como persona. No alcanzo ni a imaginar el estado de sus padres. Para evitar esto os ruego que lo rebotéis, que lo hagáis correr, nunca se sabe dónde está esa personas que necesita esa frase, ese comentario, esa historia, ese cuento…

Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase caminando de regreso a su casa. Se llamaba Kyle. Iba cargando todos sus libros y pensé: ¿Por que se estará  llevando a su casa todos los libros el viernes? Debe ser un  “empollón”. Yo ya tenía planes para todo el fin de semana. Fiestas y un partido de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí mi camino.

Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él. Cuando lo alcanzaron le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo tiró al suelo. Sus gafas volaron y cayeron al suelo como a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él  mientras gateaba buscando sus gafas. Observé lágrimas en sus ojos. Le acerqué a sus manos las gafas y le dije: Esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto

 Me miró y me dijo: ¡Gracias!

Había una gran sonrisa en su cara; una de esas sonrisas que mostraban verdadera gratitud. Le ayudé con sus libros. Vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a  alguien que fuera a una escuela privada.

Caminamos hasta casa. Le ayudé con sus libros; parecía un buen chico. Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado conmigo y mis amigos, y aceptó. Estuvimos juntos todo el fin de semana. Mientras más conocía a Kyle, mejor nos caía, tanto a mí como a mis amigos. Llegó el lunes por la mañana y ahí estaba Kyle con aquella enorme pila de libros de nuevo. Me paré y le dije: Hola, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días

 Se rió y me dio la mitad para que le ayudara. Durante los siguientes cuatro años nos convertimos en los mejores amigos. Cuando ya estábamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la Universidad de Georgetown y yo a la de Duke. Sabía que siempre seríamos amigos, que la distancia no sería un problema. Él estudiaría medicina y yo administración, con una beca de fútbol.

Llegó el gran día de la Graduación. Él preparó el discurso. Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar. Kyle se veía realmente bien. Era uno de esas personas que se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos, se veía bien con sus gafas. Tenía más citas con chicas que yo y todas lo adoraban. ¡Caramba! Algunas veces hasta me sentía celoso… Hoy era uno de esos días.

Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que le di una  palmadita en la espalda y le dije: Vas a estar genial, amigo

Me miró con una de esas miradas (realmente de agradecimiento) y me sonrió: Gracias, me dijo.

 Limpió su garganta y comenzó su discurso: La Graduación es un buen momento para dar gracias a todos aquéllos que nos han  ayudado a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador… Pero principalmente a tus amigos.  Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a este propósito, les voy a contar una historia

Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó a contar la historia del primer día que nos conocimos. Aquel fin de semana él tenía planeado suicidarse. Habló de como limpió su armario y porqué llevaba todos sus libros con él, para que su madre no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela. Me miraba fijamente y me sonreía.

Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo irremediable

Yo escuchaba con asombro como este apuesto y popular chico contaba a todos ese momento de debilidad. Sus padres también me miraban y me sonreían con esa misma sonrisa de gratitud. En ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras: Nunca subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal. Dios nos pone a cada uno frente a la vida de otros para impactarlos de alguna manera

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Acerca de pascualpicarin
Formador, capacitador, conferencista. Interim Manager. Consultor. Empresario. Emprendedor.

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