Un Caso de Empresa Notarial


Pocas veces se redactan casos de empresa utilizando como referente un obituario. Y es que hay días en los que uno desearía volverse a la cama una hora después de haberse levantado; eso es lo que me sucedía a mí el pasado viernes 29 de Mayo de 2020, en plena desescalada por el coronavirus. Mi amigo Antonio me envía una imagen con el obituario de un amigo común: Gabriel Suau, antiguo Notario de la Ciudad de Barcelona, Publicado por La Vanguardia de Barcelona.

Se me agolpan los recuerdos, la emoción va tomando su lugar en mi mente y en mis ojos. Gabriel era una grandísima persona, difícilmente calificable para mí de una manera imparcial. Nos conocíamos desde que llegó a Sant Joan Despí, él como Notario de la plaza y yo como Interventor de la Caixa. Firmamos un montón de hipotecas, ayudamos a muchas personas, cada uno desde su vertiente profesional.

Cuando me estrené como emprendedor, poco más de a los treinta años, y tuve que firmar mi primera empresa, Software Center, S.A., le llevé toda la documentación que me pidió. Lo que empezó con una inversión de quinientas mil de las antiguas pesetas, acabó convirtiéndose en el año 92 en una gran empresa con doscientos millones de pesetas de capital social y facturando miles de millones. Firmamos muchas más operaciones juntos cuando yo abandoné La Caixa, para seguir ayudando a crecer mi propio negocio; pero eso ya fue en su despacho de la Rambla de Catalunya en Barcelona. A los dos nos sonrió la fortuna y el trabajo bien hecho.

Durante años, le llevé un sin fin de clientes, amigos y familiares. A Gabriel, igual lo subíamos al andamio de una obra para levantar actas de problemas surgidos en el proceso de limpieza de una fachada; como lo llevábamos a la UCI de la Clínica Dexeus para redactar un testamento; le hacíamos levantar actas de utilización indebida de imágenes por Internet -creo que fue de los primeros en Barcelona en hacerlo- o lo llevábamos a Juntas de Asociaciones para luego presentar demandas por actuaciones incorrectas. Gabriel nos servía para todo y siempre se enfrentaba a la más fea sin pestañear, sólo una sonrisa de chiquillo en los labios y diciendo en su mallorquín:

Eso no lo he hecho nunca, pero vamos a probarlo

Que nadie vaya a pensar que Gabriel Suau, Notario de Barcelona, hizo nunca algo que no debiera a propuesta nuestra, jamás. Es más, cuando entrábamos en una reunión, en alguna ocasión, yo le comentaba: “Gabriel, vamos por faena, no hace falta que leas toda el acta”; siempre me contestaba que si, bajando la cabeza y mirando al suelo, nunca me hizo caso. Entraba y la leía completa y, por si acaso, iba preguntando a todos los presentes cada párrafo hasta convertir el acto en una obra de teatro de cinco horas de duración, por lo menos. Eso cuando no intuía un atisbo de duda, en cuyo caso, se dirigía velozmente a su biblioteca, extraía cualquier volumen de ella y te daba una clase magistral de derecho ante el silencio de todos, rogando porque aquello se acabara lo antes posible.

Cuando yo tenía que hacer cualquier acto en su despacho, mi única preocupación era pactar con Jaime, su inseparable oficial de Notaría, la primera hora de la mañana o de la tarde, pero siempre la primera, en cualquier otro caso saldríamos tarde, muy tarde.

En una ocasión, hasta me salvó de la ruina económica. Firmé una empresa nueva al 50% -nunca se les ocurra hacer eso o tomen nota de lo que aconteció- con una compañía de Madrid, ERBE Catalunya, una firma ‘entre amigos’ (¡Fíate de los amigos! En mi caso estaba ‘disfrazado’ de Notario, por suerte para mi). Un montón de abogados de un reconocido y prestigioso bufete internacional con sede en Madrid, ‘mi amigo’ y socio al 50% y mi socia y yo, el otro 50%. Gabriel leyó toda el acta, bastante más larga, tediosa y compleja de lo habitual. Yo no atisbé nada extraño ¡éramos amigo! ¿o no?¿dónde podía estar el problema? Se firmó y nos fuimos. Cuando fui a recoger la copia del acta, Gabriel me tomó a parte -¡me vi perdido! Sabría reconocer aquella mirada entre un millón, me iba a someter a otra clase magistral pero no sabía de qué-, me llevó a su despacho, nos sentamos y me explicó que había incluido en el acta de constitución el ‘voto de calidad’ (no olviden nunca este término cuando les provoque constituir una empresa al 50%) y que los abogados de la otra parte no habían realizado ninguna oposición. Lo recordé al momento. Yo no sabía lo que eso significaba y, por fortuna, no lo pregunté. Nunca preguntaba nada en una firma, por si acaso se le ocurriera explicármelo, hubiera sido media hora más de acto. Procedió a explicarme lo que eso significaba pero, la verdad, no mostré especial preocupación por el tema, al fin y al cabo: mi recién estrenado socio y yo ¡éramos amigos! ¿no?

Pasó un año. Todos nosotros nos dedicábamos a los videojuegos y éramos los líderes absolutos del mercado español, porque lo importante eran los juegos, no las máquinas, pero en el 92 cambió todo de golpe: las máquinas pasaron a convertirse en lo importante y los juegos sólo era accesorio. La compañía matriz, la de Madrid (ERBE), sufrió una fuerte convulsión interna entre sus dos socios principales; uno se decantó por SEGA y el otro por NINTENDO, nosotros (Software Center), en Barcelona, representábamos los intereses de ATARI, lo cual era muy provechoso, podíamos distribuir las tres marcas con lo que el mercado ya no daba para más. Pero no, no pudo ser, el ‘yoismo’ de los que están subidos en la cresta de la ola, lo impedía. Y ya se sabe, cuando en Madrid tiran de la cadena, en Barcelona corre el contador y acabamos recibiendo. Nos obligaban a posicionarnos contra nuestra voluntad.

Pobres desgraciados, al fin sólo teníamos el 50% de la sociedad. Me llamó el Director general de ERBE, mi ¡socio amigo!: “Antonio, tengo una gran noticia que darte ¡Vamos a distribuir Nintendo en exclusiva para toda la Península”. Yo ya sabía la historia porque la noche anterior, el otro socio en discordia, también me había llamado para decirme que él se había quedado con SEGA y contaba con nosotros. Y yo ¡con la pierna escayolada! por jugar a fútbol sala sin tener ni puñetera idea de jugar. Mi ¡socio amigo! ante mi insistencia -nunca le dije que no- por procurar que se arreglaran ambos y que nos quedáramos con la distribución de las tres máquinas, me recordó que él tenía el… ¡Voto de Calidad!

¡Sí! apareció el ¡Voto de Calidad!, a las primeras de cambio, sin esperar un plazo prudencial de cinco minutos de negociación ni nada por el estilo. La amistad se fue al carajo así, de entrada, ¿para qué esperar más? Lo demás ya es historia, triste historia que su corazón (físico) no resistió mucho tiempo más, tal vez un año o año y medio, no lo recuerdo bien. Descubrir que sus abogados, pagados a precio de oro, no habían estado atentos seguramente no ayudó mucho. Nosotros acabamos estando con SEGA, básicamente por descarte; me ahorré la decisión esa vez. Se lo agradecí toda mi vida a Gabriel quien no incumplió con su cometido para nada pero que, tal vez, no lo recuerdo, leyó más rápido de lo normal, pero lo leyó, lo prometo. Yo lo escuché, aunque no lo entendiera en aquel momento.

Pero todo esto no tendría razón de ser explicado sino hubiera un último acto y un epílogo a esta historia. Pasados los años, ya habiendo abandonado voluntariamente el sector de los videojuegos, me instalé en la consultoría empresarial y en la formación a cuadros directivos; eran buenos años, de bonanza económica y las empresas crecían. Pensé que mi experiencia profesional de varios años, tanto en Banca como en la empresa privada ligada a grandes multinacionales, podría ayudar a otros. Gabriel siguió siendo mi Notario de referencia, todo pasaba por sus manos, cualquier acta, cualquier escritura, lo que fuera, se firmaba en su despacho de la Rambla de Catalunya. Tuvimos vivencias conjuntas, sufrí con el fallecimiento de su esposa a la que conocía personalmente, porque su hijo jugaba a fútbol con la Penya Barcelonista Ferràn Olivella, en la que yo colaboraba como Director Deportivo. No supe ni como dirigirme a él para darle un abrazo. No me dejó ni hablar. Si ustedes saben lo que es una amigo, seguramente Gabriel y yo no respondíamos a ese modelo. Nunca compartimos ni un café. Seguramente inauguramos una nueva categoría de íntimos amigos: los profesionales-amigos o la de amigos-profesionales. En ambos casos, el respeto era mutuo y entregado. Y le quería, mucho.

Con el último cliente que compartimos, una empresa de envasado al vacío, le hice firmar una hipoteca. La operación era muy sencilla. Teníamos que salvar esa empresa familiar y precisábamos de un ingreso efectivo que ningún banco estaba dispuesto a entregarnos, trescientos mil euros. La empresa tenían muy buen producto que fabricaban ellos mismos. Eran buenos trabajando pero cometieron muchos errores financieros y de control, suficientes para que la administradora se hubiera expuesto a poco más de dos años, ni que fuera un día. Eso habría hecho que la ingresaran en un centro penitenciario. Y no estoy diciendo que hubieran utilizado fondos de la empresa para mejorar su situación personal, no, para nada. Ellos lo metían todo en la empresa, era su vida. Pero lo hacían mal. Grandes clientes se aprovechaban de ellos y de su buena fe y no cubrían los gastos. Sólo se preocupaban de fabricar, sin medir los costes, las horas, y sometiéndose a ofertas ridículas. Algo muy común antes del 2007.

Les propuse un préstamo por parte del suegro de la administradora de la cifra que necesitábamos y, a cambio, le ofrecí la hipoteca sobre la casa de su hijo y de la esposa de este. Mataba dos pájaros de un tiro. Recuerdo esa reunión familiar como si fuera ahora mismo. El dinero lo necesitábamos para rehacer la empresa; entraba de manera cierta -no se trataba de ninguna especulación- para salvar la empresa con los puestos de trabajo (más de diez operarios) y ya, de paso y como aquel que no quiere la cosa y sin alzamientos de bienes, llegado el momento, que tampoco tenía porque llegar si todo iba como tenía que ir, nos garantizábamos el primer sitio ante un posible embargo de bienes de la administradora, la propiedad familiar en cuestión.  Nosotros sabíamos, todos, que la situación era delicada, pero era el último asidero legal al que podíamos recurrir, no con subterfugios sino para salvar la compañía. Íbamos muy justos de tiempo pero podíamos hacerlo y pagar todas las deudas antes de que aquello acabara mal, muy mal para alguien.

Y yo siempre he pensado que a la cárcel puedes acabar yendo, por sinvergüenza, pero no me parece bien que vayas por tonto

Se hizo así y se firmó. No entraré en detalles sobre la empresa pero si diré que empezábamos una nueva era, con un producto original y competitivo, estuvimos en la Feria de Ciudad de México donde obtuvimos mucho éxito y pedidos, etcétera, etcétera, etcétera. Pero… todas las historia tienen un ‘pero’, la oficina del Registro nos tiró atrás el documento por un defecto de forma. Gabriel lo vio y decidió que lo subsanaría él personalmente. A tal efecto lo introdujo en el cajoncito de la cabecera de la mesa de la sala de juntas, donde él se sentaba, y ahí se quedó durmiendo el sueño de los justos. El mes de Agosto es muy malo en este país.

Al cabo de un mes, recibimos dos embargos bancarios sobre la finca familiar. Comprobé y eran de fecha ulterior a nuestro acto notarial, quedé tranquilo pero llamé a la Notaría para que lo comprobaran. Gabriel no estaba, creo que estaba de vacaciones, eran los últimos días de su período vacacional. Jaime me atendió y me volvió a llamar aterrado. Antes de las vacaciones se lo habían devuelto por defecto de forma desde el Registro pero el papel no aparecía por ningún lado.

Regresado Gabriel y comprobado todo, nos dimos cuenta de lo sucedido y, sobre todo, de las consecuencia nefastas para mi cliente que ya lo era también de la Notaría Suau. Gabriel se desesperó, dijo que lo cubriría todo, que una mancha así en su historial no la podría soportar. Como las cosas de Palacio, van despacio, ni ejecutaban el embargo a mis clientes ni ellos reclamaban ni de la Notaría me decían nada. Sólo Jaime me preguntaba cada vez que me veía “¿Cómo esta ese asunto, Antonio?”. “Igual” le respondía miméticamente y sin ganas de profundizar.

Un día mi cliente se alteró. Había recibido una nota del banco de que iban a ejecutar el desahucio. Me puse en contacto con Gabriel y le pregunté sobre el seguro que tienen en el Colegio de Notarios. Me dijo que lo iba a mirar. Lo hizo y me devolvió la llamada: “tienes de iniciar una demanda contra el despacho”.

“¿Estas de coña?¿Cómo pretendes que te demande a ti?” Yo, como siempre, buscando alternativas le espeté: “Esa no puede ser la única solución”. Pero sí, esa era la única por cuanto él no podía hacer frente a esa cantidad de su bolsillo. Hablé con mi cliente y él me expresaba también su pesar, también le había tomado cariño a Gabriel, todos se lo tenían, pero a su familia la iban a echar a la calle. Mientras, el 2007 se había convertido en 2010 y, aunque el negocio seguía, la crisis no nos permitía despegar como hubiéramos deseado y como planificamos en 2006; de hecho, el negocio continua funcionando y creo que es de los escasos casos de éxito tras una quiebra en plena crisis que sigue alimentando a sus fundadores, pero no pienso desvelar cómo lo conseguimos que esa es otra historia.

Al final, yo seguí negándome a denunciarlo; él no tenía dinero para reponer el error (el único tal vez en toda su vida profesional inmaculada); y mi cliente a punto de irse a la calle, bueno no, viviendo ya en los bajos de la casa de sus padres, acabó abandonando la casa antes de que lo echaran. Busqué un acuerdo y cerramos un pacto entre el Notario y el cliente de 40.000’00€ de compensación, más o menos el 10% del valor de la finca embargada, una auténtica preciosidad. Resultado: el cliente descontento obviamente; yo muy frustrado y el Notario muy enfadado conmigo, porque pensó que yo había montado la operación, según sus propias palabras, con ‘astucia’ y que no había sido suficientemente honesto con él. Nunca le reproché ninguna de sus palabras, lo entendí. De hecho los consultores no tenemos en vano mala fama, pero nunca cometí nada ilegal implicándolo ni que le pudiera perjudicar directa o indirectamente, nunca lo hubiera hecho. Era una operación audaz, pero con sentido, legal y defendible ante cualquier tribunal. Tanto el abogado, que tan bien conocía el trabajo de Gabriel, no en vano siempre colaboraba conmigo, como yo mismo nos cuidamos siempre muy bien de no cometer ningún acto reprobable que pudiera comprometer ni nuestra labor ni la de nuestros colaboradores y, aún menos, la de los clientes.

Gabriel Suau, a raíz de todo esto (parte de los asuntos personales que se citan en el obituario como motivo de avanzar su jubilación), se retiró anticipadamente de una profesión a la que había dignificado como nadie en un tiempo en la que sus profesionales se suponían por encima del resto de mortales y se sentían superiores a ti. Su humildad, su humanismo y su servicio al público lo destacaban por encima de otros muchos que, ganando mucho más, carecían del prestigio que el regalaba a esa profesión que tanto amaba. Yo atendí a un último cliente de la consultora antes de retirarme en 2015, cansado de la dureza de una profesión de la que no supe nunca separar al cliente de la persona que había detrás de él, algo imprescindible si no quieres que tus emociones te jueguen malas pasadas. El cliente que compartíamos, siguió su camino en solitario -hoy en día dirige el negocio su hija-, resistió los envites de aquella crisis y sigue fabricando buenas máquinas de envasado al vacío, no esa porquería que fabrican las empresas chinas, sino máquinas auténticas, como las de antes.

Nunca volvimos a coincidir con Gabriel aunque me consta, por amigos comunes, que se había interesado por mí. He llorado su desaparición porque el mundo es, ahora, un poco menos profesional, menos humano. Aunque, si lo pienso bien, cuando dejó la carrera de Notario, una parte de ese mundo desapareció anticipadamente con él. Este ‘caso’ sólo lo he querido redactar para que, quien lo lea, piense en la ética, en las decisiones que en ocasiones hemos de adoptar. Unos me culparan por no haber redactado la denuncia en favor de mi cliente; otros pensarán que yo actué con iniquidad al preparar la operación de la hipoteca; habrá quien crea que Gabriel debería haber pagado el total de su error; todo será válido, sin duda. Lo importante es entender el dilema, ponerse en la piel de cada uno de los actores. Es la grandeza y la estupidez de estudiar los casos, que todo vale porque nadie pasa noches sin dormir, a nadie le subirá la tensión ni, tampoco, nadie se arriesgará a que el corazón le juegue una mala pasada. Pero recuerden siempre, cuando se enfrenten a sus propios casos, reales como la vida misma, que se angustiarán, que perderán el hambre, que no les apetecerá hablar ni con su pareja, que abusarán de sustancias inapropiadas y se desesperarán como a todos nos ha pasado, bueno, todos no hemos recurrido a las sustancias, algún ansiolítico tal vez y muchas, muchas cajetillas de tabaco y tazas de mal café.

Descansa en paz amigo Gabriel, siempre serás un referente para muchos que te hemos conocido y compartido.

Esto que he explicado te convierte en humano, tuviste un error, un único error y, a tu manera, lo pagaste. Alto e injusto precio.

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