Aprende a mirar donde ya miraste…


Aprende a mirar donde ya miraste y trata de ver lo que aún no viste

 

Lección magistral que el maestro Alonso Pulido recoge en su excepcional libro, que recomiendo a todos los ejecutivos, maestros y padres de este mundo, Amor y humor en la educación. Vamos, primero, con el cuento y luego lo comentamos, si les parece:

La Señora y las Galletitas…

A una estación de trenes llega una tarde una señora muy elegante. En la ventanilla le informan de que el tren está retrasado y que tardará casi una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiada, la señora llega al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada paras la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras ojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una, comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacerse cuenta de que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente. Por toda respuesta, el joven sonríe… y toma otra galletita.

La señora gime un poco, toma una nueva galletita y con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez, la mirada en el muchacho. El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido. Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. “No podrá ser tan cara dura”, piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a la galletita.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

-¡Gracias!- dice la mujer tomando con rudeza la media galletita. -De nada- contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad. El tren llega. 

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: “Insolente”.

Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas…

¡Intacto!

Muchas son las conclusiones que podemos extraer de este cuento, como de cualquier otro, y que son de aplicación directa a nuestro día a día, profesional también. Yo les pediría a todos los líderes del mundo, tanto a los que tienen a su disposición botones que pueden activar ojivas nucleares, como a los que dirigen una pyme de apenas cinco colaboradores, que tuvieran la sensibilidad de volver a mirar, a analizar, a estudiar cualquier cambio, cualquier decisión, cualquier ejecución antes de llevarla a cabo cuando esta pueda afectar a la vida, a la economía o al futuro de cualquiera de las personas que tienen bajo su dirección.

Las cosas nunca son blancas o negras, por lo general la gama de grises es muy extensa (casi 150 tonalidades derivadas) y debemos tomar las decisiones que siempre causen menos dolor a las personas y menos altercado para la vida normal de las organizaciones. Ese y no el valor económico, deberían de ser siempre el sujeto a contemplar. Hay ocasiones en las que presentar un expediente de crisis puede ser la mejor solución para los colaboradores de una compañía o para salvaguardar -conforme estipula la Ley- las responsabilidades penales de sus dirigentes; pero en otras debería ser la última decisión a adoptar y, muy a menudo, se cierran empresas para salvaguardar otros intereses más espurios, tanto como legítimos seguramente, pero sin pensar en los daños que se acaban convirtiendo en el fácil adjetivo de daños colaterales, es decir personas a la cola del paro, familias hundidas, pobreza, agravación de las crisis económicas y un largo etcétera.

Debemos tomar las decisiones que siempre causen menos dolor a las personas y menos altercado para la vida normal de las organizaciones

Aunque no haga falta llegar a estos extremos ¿Cuántas veces tomamos decisiones bajo presión, con ganas de sacarnos el problema de encima, sin haberlas analizado desde todas las perspectivas? En una reunión con un grupo de altos directivos de una compañía de ingeniería petrolera, en Bogotá, a la que acudía en condición de comensal invitado, no como consultor ni nada parecido, en un momento de mucha crisis y viendo que de un momento a otro podían acabar cerrando sus puertas, no escuché en ningún momento un argumento en favor de los trabajadores. Todo eran datos económicos, de mercado, pero nadie hablaba de lo más importante: las personas. Si hacían referencia a ellos, era por las reclamaciones y problemas que les daban a causa de las condiciones de trabajo.

Hubiera resultado interesante que trataran de definir algunas acciones para intentar revertir la situación contando con la colaboración de aquellos, pero no estaban por la labor. La reunión acabó entre risas, explicando anécdotas divertidas y algún que otro chiste. El gerente, a cuyo lado me habían sentado, se dirigió a mi, al final, y me dijo: “Se extrañará usted, viniendo de España, que en una situación como esta acabemos haciendo bromas; es el carácter de los colombianos”. Asentí con educación mientras pensaba que ese no era el carácter de los colombianos, también lo he visto hacer en España, es el carácter de los fracasados, de los mediocres y de los cobardes. En nuestro país decimos, “al toro hay que cogerlo por los cuernos” pero también sabemos que para poder tener un mínimo de éxito, hay que tener experiencia, conocimiento y capacidad de análisis para rechazar las embestidas y buscar la mejor salida posible. No es la tauromaquia mi afición favorita, salvo que al toro no lo devuelvan al corral vivo, pero no he visto nunca desde un tendido a un torero que pusiera en peligro a ninguno de su cuadrilla delante del toro, es más, sale en muchas ocasiones a interponerse para protegerlos. Sí, también la tan mal tratada tauromaquia nos da lecciones, sólo hay que saber verlas y leerlas.

No lo he dicho antes, pero la consultora colombiana que comenté, cerró sus puertas un tiempo después.

Estamos a tiempo de hacerlo un poco mejor, sólo nos falta volver a mirar allí donde ya miramos.

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