Por qué fracasan nuestras empresas


¿Por qué fracasan nuestras empresas y cómo evitarlo con un simple cambio de estrategia?

Matsushita Konosuke[1], nos legó unas declaraciones aparecidas en 1982 que tal vez nos den alguna idea de por dónde deberíamos conducirnos para salir de la crisis actual y de las que se nos avecinan en racimo.

«Nosotros ganaremos y el Occidente industrial perderá: no podéis hacer gran cosa, porque lleváis vuestra derrota dentro de vosotros mismos. Vuestras organizaciones son taylorianas; pero lo peor es que vuestros cerebros también lo son.

Estáis absolutamente convencidos de hacer funcionar bien vuestras empresas separando por un lado a los jefes y por el otro a los ejecutantes; de un lado los que piensan, del otro los que trabajan manualmente. Para ustedes, la dirección es el arte de hacer pasar adecuadamente las ideas de los patronos a las manos de los obreros.

Nosotros somos post taylorianos: sabemos que los negocios han llegado a ser tan complicados, tan difíciles y la supervivencia de una firma tan problemática, en un entorno cada vez más peligroso, inesperado y competitivo, que una empresa debe cada día movilizar toda la inteligencia de todos para tener la oportunidad de seguir funcionando bien.

Para nosotros, la dirección es, precisamente, el arte de movilizar y de engavillar la inteligencia de todos al servicio del proyecto de empresa, porque hemos tomado, mejor que vosotros, la medida de los nuevos desafíos tecnológicos y económicos; sabemos que la inteligencia de algunos tecnócratas, por brillantes que sean, es de ahora en adelante totalmente insuficiente para mantenerles.» 

Resulta que éstas declaraciones se atribuyen también al escritor francés, Hervé Serieyx[2], quien las habría puesto en boca de Matsushita para atribuirle mayor valor. En cualquier caso, como dicen los italianos, si non e vero, e ben trovato y además, en este caso, es cierto. Disponemos de cerebros taylorianos que mantienen organizaciones taylorianas porque es lo único que se nos ocurre, porque es lo que se ha hecho siempre y porque es lo que está al alcance del conocimiento de los dirigentes de los millones de pymes españolas, europeas y mundiales que, con mejor o peor fortuna, se levantan cada día para dirigirlas, “separando por un lado a los jefes y por el otro a los ejecutantes; de un lado los que piensan, del otro los que trabajan manualmente”. Esta es la auténtica realidad por la que nuestras organizaciones tienden a menudo a fracasar, porque no recogen de una manera explícita el espíritu de la afortunada afirmación, sea de quien sea:

Una empresa debe, cada día, movilizar toda la inteligencia de todos para tener la oportunidad de seguir funcionando bien.

El gran error de nuestro tiempo es ese precisamente, no saber aprovechar la fuerza de la inteligencia de los integrantes de toda la organización y separar a los que piensan de los que trabajan, cuando estamos hablando de un todo del que ninguna de las partes es independiente. De la misma manera que no puede funcionar un coche sin motor y un motor para coches, sin un automóvil encima, no tendría mayor utilidad, los jefes no lo son sin disponer de productores y estos no serán capaces de ser competitivos sin alguien que les dirija adecuadamente.

De otra parte, comentar que Burns[3] y Stalker[4] consideraban apropiadas las estructuras en función de las condiciones en que éstas se desarrollaban y mientras que unas, las más clásicas, eran apropiadas para entornos estables y conservadores, las menos formales y más abiertas lo eran para situaciones de entorno cambiante. Es obvio, y no hace falta remarcarlo, que estamos instalados en un permanente entorno cambiante y tardarán años hasta que las aguas vuelvan a su cauce, empero nuestra mente tayloriana nos sigue aconsejando trabajar y desarrollar nuestras compañías como siempre habíamos venido haciendo, de manera clásica, la forma conocida en la que nos encontramos más seguros frente a las menos formales, atrevidas y disruptivas, que nos generan incertidumbre y, por ende, temor.

Recurriendo a San Benito y a su organización benedictina con más de mil quinientos años de antigüedad superada como entidad, si más no, económica, lo tenía bien resuelto como ha quedo evidenciado tras siglos y siglos de perfecto funcionamiento armónico. Está claro que no podemos generalizar y dar por bueno para todo el mundo lo que en su momento ideó Benito de Nursia para sus monasterios, pero sí que llama la atención la apertura que existía dentro de su organización (apertura interna, que no externa) y la facilitación que se otorgaba para que sus componentes participaran activamente, poniendo todo su poder intelectual al servicio de la comunidad y de su abad como catalizador de esa fuerza y de esos conocimientos al tomar sus decisiones. Y todo ello, se llevaba a cabo en una época de cambios profundos, como en la que ellos se movían mientras entraban en la Edad Media y la Roma Imperial se estaba acabando de desmoronar.

Y es que la historia, cíclica, por más que nos disguste aceptarlo, tiende a repetirse y lo que en su día intuyó el santo benedictino y vino aplicándose desde aquellos tiempos en sus monasterios (organizaciones empresariales al fin y al cabo, con su misión, su visión, sus valores y su rentabilidad económica para evitar comprometer su viabilidad financiera), conseguir la participación intelectual activa de todos sus monjes (colaboradores en el argot empresarial moderno), es lo mismo que propone Matsushita Konosuke cuando afirma: «que una empresa debe cada día movilizar toda la inteligencia de todos para tener la oportunidad de seguir funcionando bien. Por eso cabe afirmar que el ‘milagro oriental’ no lo es tanto, en la medida de que el antiguo Occidente ya conocía sobradamente esta estrategia gerencial, sólo que la comodidad de unos (líderes) y otros (colaboradores, productores en expresión propia tayloriana), nos aleja de la competitividad frente a la comodidad que supone para los primeros ‘mandar’ y para todos los demás cobrar por hacer lo que otros manden y así, fuera responsabilidades.

Para hacérselo mirar.

Fomentar, liberar y movilizar toda la fuerza de nuestra inteligencia en las organizaciones, orientándola a los objetivos a alcanzar.

(Del libro «San Benito y el Management, gestión empresarial con valores benedictinos«, autor Antonio Pascual)


[1] Empresario y filósofo japonés. Fundador de Matsushita Electric Company (1894-1989).

[2] Profesor, escritor, empresario y conferencista francés.

[3] Tom Burns, reputado sociólogo y escritor británico que influyó y sigue haciéndolo en la teoría sobre la organización industrial (1913-2001).

[4] George M. Stalker fue el coautor, con Tom Burns, del libro The Management of Innovation.

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