La calumnia dentro de una organización


Lomo apaisado_700 pixelsSan Benito nos advierte, expresamente, sobre dos maneras de perjudicar a terceros en las que hace especial hincapié: la calumnia y la difamación. Evidentemente, calumniar, según nuestra perspectiva actual, se asemeja a difamar ya que en ambas reside intrínsecamente el interés de causar mal a un tercero, sea persona física, jurídica o entidad de cualquier otro tipo. El término calumnia queda recogido ya en las Leyes de las XII Tablas[1] si bien algunos le otorgan orígenes etruscos, bastante anteriores o, por lo menos, sí al ascendente etimológico.

La calumnia comparte categoría legislativa en sus orígenes con la injuria y la difamación, siendo consideradas del tipo penal básico y que las tres persiguen lesionar el honor de las personas. Quedaba encuadrada, pues, en las afrentas que se pudieran hacer contra el honor (y dignidad) que antes hemos comentado.

Con todo y no ser lo más extendido en estos días a nivel empresarial, no dejaremos de ver casos en los que alguien es culpado ignominiosamente de un proceder inadecuado, a sabiendas que esto no es así, buscando algún tipo de beneficio propio. Y si, como leeremos en breve, difamar me resulta algo inaceptable por parte de quien lo ejerce de manera habitual y con absoluto conocimiento de lo que hace, y aunque fuere con dudas sobre la veracidad de sus palabras, la calumnia me resulta uno de los crímenes sociales más execrable que se puedan dar en un entorno profesional. No en vano, para que una atribución falsa pueda encontrar un buen campo de cultivo, es necesario que la persona afectada carezca de defensa o justificación y se den, probablemente, circunstancias que permitan que la idea cuaje de manera firme en la mente de quienes disponen de poder decisorio. Abusar y aprovecharse en beneficio propio de la debilidad de alguien –inexistencia de protección– resulta del todo punto despreciable.

Hay que tener en cuenta que quien calumnia puede estar buscando objetivos mucho más perversos que la simple lesión del honor de su víctima o hacerlo sin mayor pretensión que la de causar el mal por el mal, debido a envidias u otros manejos mentales de quien la profiere. No es difícil imaginar en un entorno laboral el interés por conseguir que alguien pierda su puesto en beneficio de quien calumnia o de un tercero, por quien se sienta predilección o sobre el que se tenga algún tipo de ascendente. Hacer correr un rumor a través de los canales adecuados dentro de una organización, permite generar un estado de opinión contrario a una persona suficientemente importante como para acabar convirtiéndose en verosímil, con el adjetivo de ‘presunto’. El saber popular ayuda con su si el río suena, agua lleva y la mayor parte de ejecutivos no quieren correr riesgos innecesarios.

Lo que ya no es tan corriente, pero si puede generar consecuencias, es la derivación de apertura de expedientes y procedimientos contra las personas calumniadas, pudiéndose llegar a que pierdan su condición laboral e, incluso, su puesto de trabajo y aquí, ya no sólo nos encontramos ante un acto de mala fe contra el honor de un/una compañero/a, sino que se está atentando contra la propia compañía que puede decidir la destitución o el despido, injustamente, de una persona que, a partir de ese momento, dejará de aportar valor añadido a la entidad con las consecuencias derivadas.

Y todo ello sin olvidar, y me parece mucho más grave y trágico todavía, que se está abonando un terreno que puede llegar a destruir un entorno familiar –el del calumniado– por perder su fuente de ingresos, incluso llegando a crear la duda entre sus más directos en cuanto a su integridad personal y/o profesional o, peor todavía, afectando al propio individuo que no disponga de la suficiente fuerza y entereza moral para soportar una situación injustificable que le ha condenado al fracaso profesional y quién sabe si personal. El equilibrio psicológico y mental de las personas dista de ser homogéneo y se ve sometido a muchas circunstancias que cada cual resuelve de maneras bien diferentes y, desde caer en una depresión, hasta caerse desde la azotea de su casa, hay un amplio abanico de posibilidades en las que ambas entran y alguien acaba cayéndose. Las consecuencias de la maldad pura y simple o de la maldad por interés son difícilmente previsibles y no se tiene en cuenta que, detrás de cada hecho que tiene repercusión en un ser humano, caben unas reacciones imprevistas que no se tuvieron en consideración más allá del interés personal que nos movió a actuar de una determinada manera.

Lo que sí puedo afirmar rotundamente por haber vivido una situación similar en primera persona es que, cuando esto sucede, nadie concede al afectado el beneficio de la duda. Probablemente, no se adopten medidas en su contra porque no existen pruebas flagrantes que sustenten la acusación y se trate de mantener el statu quo de manera que no se vea afectado el día a día de la compañía, pero la malvada idea maquinada por un envidioso o un despechado, prosigue en su avance de manera implacable cual si fuera un virus que, más tarde o más temprano, se cobrará su pieza. Es decir, desgraciadamente, salvo integridad absoluta por parte de quien le corresponde tenerla y adoptar decisiones, el éxito siempre acompañará al calumniador porque no se actúa con la presunción de inocencia y porque los latinos somos muy dados a aceptar todo tipo de comentarios perversos, dándoles pábulo sin prueba alguna que los sustente. Otra cosa fuera el rechazo sistemático hacia cualquier comentario, denuncia o insinuación que no se pudiera demostrar y sostener de una manera efectiva y, aún y así, se deberían meditar mucho los motivos que llevaron a la persona denunciada a actuar de una determinada manera.

San Benito lo sabe y en el capítulo del Silencio (6) de su ‘Santa Regla’, hace mención taxativa al recordar las palabras del Profeta:

Dije: vigilaré mi proceder, para que no se me vaya la lengua; pondré una mordaza a mi boca; guardaré silencio humildemente, no hablaré ni de cosas buenas.

Y afirmaba que escrito está:

En el mucho hablar no faltará el pecado’ y ‘La muerte y la vida están en poder de la lengua’.

No se trata sólo de un silencio para mantener la concentración, que por sí sólo ya se justificaría, sino es un silencio que pretende evitar conflictos innecesarios entre iguales y evitar cualquier comentario que pueda perjudicar a terceros inocentes.

Aquellos que ven sometido su honor y su dignidad a debate, sin causa alguna que lo sustente, y sólo por la actuación de terceros desconsiderados que responden a intereses espurios y controvertidos, saben lo que se llega a sufrir en el proceso, pero ignoran lo más importante, y es que, aunque la razón les asista, el resultado será el mismo. Por eso es tan importante que decapitemos cualquier intento y cualquier intencionalidad dentro de la organización en la que ejercemos responsabilidades de todos aquellos comentarios, chismes y denuncias que no hayamos visto, escuchado o seamos capaces de comprobar por nosotros mismos. De nuestra determinación hoy dependerá, en muchas ocasiones, la efectividad y los resultados de mañana. Acostumbrémonos a no prestar nuestros oídos y nuestro tiempo a maquinaciones extrañas, seamos sensatos e invitemos a quienes tengan algo que decir, que sean capaces de hacerlo en público con demostraciones manifiestas o que se mantengan en el más profundo de los silencios con sus conjeturas evitando, de esta forma, cualquier malentendido o calumnia.

Y, con aquellos en los que percibamos un manifiesto interés por perjudicar a través de la calumnia a terceros, seamos inflexibles con la respuesta que no puede ser otra que mostrarles la puerta de salida. No necesitamos de ellos en nuestra organización, son como las sanguijuelas que nos absorben energías muy necesarias para centrarnos en la consecución de los objetivos principales de la compañía.

Como dijera el fundador de la orden benedictina de los giróvagos de quienes apuntaba que es mejor callar que hablar, de la misma manera actuemos con los calumniadores y aquellos que incentivan la desestabilización interior de la organización: Prescindamos de ellos.

[1] Texto legal para normalizar las relaciones de convivencia entre los romanos muy discutidas por los patricios y los pontífices romanos, toda vez que suponía la desacralización del derecho, tal y como se entendía hasta entonces, y ponía los cimientos de lo que luego hemos conocido como el Derecho Romano, antecesor de nuestras actuales bases jurídicas. Estas leyes permitieron que los plebeyos accedieran al conocimiento de las mismas y se reconocieran las relaciones entre unos y otros, permitiendo la creación de unas estructuras sociales hasta entonces de facto (Roma 450 a.C.).

La humildad en la empresa moderna


HumildadAprovechando estas fechas, de festividad católica, para hacer esta reflexión…

 Juan (13:1-20).

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora para pasar de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la cena, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas hijo de Simón Iscariote que le entregase, y sabiendo Jesús que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que él había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena; se quitó el manto, y tomando una toalla, se ciñó con ella. Luego echó agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces llegó a Simón Pedro, y éste le dijo:

Señor, ¿tú me lavas los pies a mí?

Respondió Jesús y le dijo:

Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás después.

Pedro le dijo:

¡Jamás me lavarás los pies!

Jesús le respondió:

Si no te lavo, no tienes parte conmigo.

Le dijo Simón Pedro:

Señor, entonces, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.

Le dijo Jesús:

El que se ha lavado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, pues está todo limpio. Ya vosotros estáis limpios, aunque no todos.

Porque sabía quién le entregaba, por eso dijo: “No todos estáis limpios”. Así que, después de haberles lavado los pies, tomó su manto, se volvió a sentar a la mesa y les dijo:

¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues bien, si yo, el Señor y el Maestro, lavé vuestros pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que así como yo os hice, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo que el siervo no es mayor que su señor, ni tampoco el apóstol es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis. No hablo así de todos vosotros. Yo sé a quiénes he elegido; pero para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo levantó contra mí su talón. Desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis que Yo Soy. De cierto, de cierto os digo que el que recibe al que yo envío, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió.

Jesús nos muestra una nueva forma de humildad desconocida hasta entonces. El hombre rebajándose humildemente ante el hombre y no ejemplarizándolo en uno cualquiera, sino a través del mismísimo Hijo de Dios, justo al contrario de lo que había venido sucediendo hasta esa fecha.

Pero veamos cómo se conforma el origen etimológico del término humildad. El término hebreo original (también en el moderno) ‘kana acepta en su forma verbal dos modos: uno activo (humillar, someter, sojuzgar) y otro pasivo y reflexivo (ser humilde, humillarse) y considera el término anî’ el que mejor representa a los pobres, humildes y mansos, “Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra” (Mateo 5:3)

Griegos y romanos no disponían de un término acuñado que expresara estos valores que entroncan con los sentimientos del individuo y que se alejan de la equivalencia que ellos le otorgaban: pobre, modesto, sencillo, miserable, etc. Hasta que finalmente los romanos toman humilitas derivada de humilis (humilde) que no es más que quien sufre la humillación de postrarse ante otro, reconociendo su vasallaje o su inferioridad y que proviene de humus (suelo, tierra), algo que sí se hacía ante los dioses, los césares, pero que tiene muy poco que ver con la humildad que nos revela Jesucristo.

No nos hablan de sentirnos humillados sino de ser humildes y aceptar nuestras limitaciones que, por encima de cualquier otra consideración, existen, sea cual sea nuestro estatus, nuestra fortuna, nuestro conocimiento o nuestra responsabilidad. Ser humildes no está en contraposición con seguir mejorando, con buscar la excelencia en el camino de la mejora personal de cada uno, al contrario, nos ayuda a potenciar esos objetivos. Deberíamos ser humildes, siguiendo el ejemplo cristiano por cuanto somos imperfectos a los ojos del Señor, perfección absoluta a la que sólo llegaremos tras dejar nuestro paso por la Tierra según las propias creencias cristianas.

Pero, en realidad, y dejando a un lado las inspiraciones religiosas de cada cual, ser humilde debería de ser un precepto humano por cuanto todos permanecemos  unidos dentro de un mismo espacio y dependientes unos de otros. El sabernos todos interrelacionados con otros y sujetos a sus voluntades, sobre las que podemos, ciertamente, influir pero no controlar en modo alguno, debiera hacer que fuéramos capaces de mostrar una actitud más humilde y servil en lugar de vanagloriarnos de nuestras hazañas y logros, por otro lado imposibles de alcanzar sin la ayuda de los demás.

La humildad en la empresa moderna

Desde el punto de vista empresarial y organizativo moderno, esta visión nos aporta una novedad muy interesante, ya que nos enfrenta a la realidad cotidiana en la que cualquier jefe, responsable o superior trata a sus compañeros, simplemente, como inferiores cuando no es así. La calidad de ser hombre es la misma para los nacidos bajo el palio de los reyes, que para los nacidos a la sombra de la pobreza y de la escasez de recursos. No hay diferencia en el nacimiento. A partir del momento de nuestra entrada y paso por la casilla de Salida, comienza el camino que inexorablemente nos ha de llevar a la de Llegada, en la cual volveremos a ser exactamente iguales. Entremedio, superaremos etapas (casillas del juego de la vida) en las que nos formaremos, creceremos como personas, nos desarrollaremos y posicionaremos socialmente y, tal vez, ayudemos a mantener la estirpe humana mediante nuestra aportación a la reproducción.

Durante esta etapa llamada ‘vida’, es en la que procedemos a diferenciarnos de los demás. En un mismo centro clínico u hospitalario, nacen niños durante el mismo día con espacios de tiempo muy cortos; de hecho, en la misma ciudad nacen a la misma ahora algunos. Son hijos de diferentes padres pero todos llegan desnudos y con casi todos ellos, madronas, médicos, pediatras y personal auxiliar utilizan el mismo protocolo sanitario. Comparten habitáculo destinado a los recién nacidos y son abrazados por las mismas enfermeras que esmeradamente, con cariño y profesionalidad les atienden y procuran por sus primeras horas de vida. No obstante, mañana, uno de ellos puede estar dirigiendo al otro, liderando un partido que gobierne o ser el accionista mayoritario que se enfrente a la dura decisión de cerrar el centro de producción en el que, su compañero de cuna en la nursery de la maternidad, trabaja ahora.

No voy a discutir cómo se llega a estos lugares preferentes, ni si es justo o es injusto, si hay más o menos facilidades o si la suerte influye, pero lo cierto es que unos dirigen y los otros han de obedecer y así debe de ser para que esto funcione. Los inventos anarquistas se han saldado con penosos desastres, pese a las bondades que sobre el papel aporta el sistema. Recientemente, en España, hemos vivido el episodio de los Indignados[1] finiquitado con más pena que gloria debido a la falta de liderazgo y de objetivos concretos y medibles. La frase que les movía “Creer es resistir. Resistir es creer” no dispone de principio de acción y las cosas, para que sean, deben de resolverse, no basta con creer en ellas. Yo puedo creer que me merezco una vida mejor, con un salario mejor, un coche mejor y una casa mejor, pero para conseguirlo, además de creerlo deberé hacer algo más, lo que sea, bueno o malo. En cualquier caso y volviendo al argumento del tema principal, los proyectos fracasan si nadie los lidera de forma clara y aceptada por los demás.

Asumiendo que alguien debe dirigir, al resto se le supone el rol de la obediencia. Así nos lo hace ver Jesús en Juan (13:1-13-20) que hemos leído antes, cuando incide en su autoridad al decir: Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy” pero hace algo extraordinario desde el punto de vista de un directivo: “lavé vuestros pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que así como yo os hice, vosotros también hagáis”. Es decir, desde su posición de autoridad, sin entrar en cuestiones espirituales intrínsecas que lleva la figura de Jesús, considera que debe lavar los pies de sus discípulos, que no rebajarse, porque como bien dice no renuncia a su rol de Maestro y Señor ante sus compañeros de viaje espiritual. Y haciendo hincapié en ello, por si no había quedado claro, nos lega: “de cierto os digo que el siervo no es mayor que su señor, ni tampoco el apóstol es mayor que el que le envió”. ¿Por qué adopta una actitud humilde, entonces, ante sus siervos si estos no serán nunca ‘mayores’ que Él? Seguramente tendrá explicaciones religiosas y espirituales que otros sabrán exponer mucho mejor que yo que soy lego en la materia pero, desde la óptica del liderazgo, sólo me deja una explicación: el jefe debe existir y aplicar la obediencia conforme a unas reglas y a unas ordenanzas, pero nunca desde la posición de excelencia y perfección porque nunca será así. Jesús nos muestra el camino del auténtico líder, alguien dispuesto a hacerse obedecer, a exigir el cumplimiento de normas y mandatos, pero, a través de la humildad ante sus colaboradores, no desde la exigencia vanidosa, orgullosa e intransigente. Justo lo contrario que en muchas ocasiones sucede.

¿Acaso no hemos visto nunca, ni hemos vivido o hemos cometido la tropelía de actuar con soberbia en tanto se ejercía una función de autoridad sobre otros? Jesús, no sólo no lo hace, sino que les escucha y les enseña el camino a seguir mientras les lava los pies, tomando como ejemplo a Pedro que llevado por un acto de orgullo le llega a decir al Maestro: “¡Jamás me lavarás los pies!”. Finalmente tiene que acceder. Podrán esgrimir que no había orgullo en sus palabras y claro que las había, orgullo legítimo de servir al Maestro a quien adoraba y por lo que no estaba dispuesto a que Aquel se rebajara humillándose, porque todavía no había entendido el mensaje de la humildad. Y es que, no existe humillación en la humildad por la simple razón de que no podemos humillar a nadie que no se deje. La humillación es algo personal, propio de cada uno, un sentimiento. Pueden ofenderte, insultarte y hasta abofetearte y hacer chanza y burla de tu persona pero sentirse humillado sólo se puede sentir cada uno desde dentro. De ahí que ser humilde no tenga que ver con humillación y para Jesús no hay ninguna en lavar los pies a sus discípulos.

¿Por qué tendría que haberla entonces al preguntar a nuestros colaboradores cuál es la mejor manera de hacer las cosas o qué piensan sobre un asunto o sobre el otro antes de vernos obligados a adoptar decisiones para las que no disponemos de toda la información y/o formación? Somos esclavos de nuestro propio orgullo que no nos permite traslucir ni un mínimo de duda, de desconocimiento, de inexperiencia. Ya va siendo hora de que todos tomemos conciencia de lo que somos y de nuestras limitaciones, líderes y seguidores. Los proyectos son de todos y entre todos los debemos sacar adelante bajo los principios de la humildad y de la obediencia. No somos dueños de la verdad ni propietarios de todo el conocimiento. La ignorancia es bella cuando comporta voluntad de superarla.

[1] Movimiento espontáneo que prendió en la Capital y resto de ciudades importantes de España el día 15 de Mayo de 2011, en el Ateneo de Madrid. Se inspiraron en el Indignez Vous¡ de Stéphane Hessel. Tomaron las plazas principales, se instalaron en ellas y no se movieron hasta que decidieron que deberían adoptar otro tipo de medidas si querían conseguir algo.

“En todo, dad gracias” vs “quien siembra, recoge”


Este es un video comercial, ahora mismo con solo poco más de cincuenta mil visitas, que habríamos de conseguir no sólo difundir, sino que nos concienciara a cada uno de nosotros y ser capaces de colgarlo en nuestro perfil de facebook porque, podemos creer en cualquier Dios, cumplir con cualquier religión y pertenecer a la Iglesia que sea, pero lo que en éste anuncio se pone de manifiesto, más allá de cualquier intencionalidad comercial que queda relegada a un segundo plano, es la humanidad de determinadas personas que las convierte en gigantes.

No todos somos iguales, no todos están dispuestos a devolver bien por bien, ni a estar agradecidos, ni a saber reconocer que nada de lo que somos nos pertenece, antes al contrario, nos ha sido concedido poco a poco a lo largo de nuestra existencia, como es el caso de ese hipotético doctor que, Dios lo quiera, tal vez exista en verdad en algún rincón del mundo.

No hace tantos años, un etarra, en el País Vasco, asesinaba vilmente a un guardia civil (creo que era) en un atentando; dicho funcionario público había arriesgado su vida, muchos años antes, por salvarle la vida en un incidente de tráfico. Cruel perversión de la raza humana que, a través de este video, nos demuestra que no todos somos iguales, ni siquiera entre los propios terroristas porque, al final, cada individuo es lo que es porque decide serlo y actúa como actúa porque decide actuar… libremente.

Ser agradecido es algo que difícilmente se ve y se encuentra. Dar, nos complace en ocasiones y, en otras, nos permite lavar nuestra conciencia. Agradecer, sentirnos en deuda, saber que no somos nada sino fuera por todos los que nos enseñaron por el camino, parece ser que no es un valor muy cotizado, nos avergüenza incluso. A la chica del video no le pagó la cuenta del hospital el hecho de que su padre se hubiera comportado adecuadamente, muchos son capaces de hacerlo a lo largo de sus vidas. Lo que saldó su deuda fue la humildad de un joven que, devenido a adulto, fue consciente de lo qué era y de cómo había llegado a serlo.

Lo que somos, todo cuanto somos, incluso lo que tenemos, no nos pertenece en propiedad absoluta, se lo debemos a muchos que transitaron antes a nuestro lado y nos prestaron sus manos, experiencias, consejos, conocimientos… y eso nunca se acaba saldando.

Por eso no me acaba de gustar el título “Quien siembra, recoge” y prefiera “En todo, dad gracias” (1Tesalonicenses 5:18)

Espero que os guste, como a mí, y que lo colguéis en vuestros perfiles y lo repliquéis para conocimiento de otros muchos.

La Honradez (2ª Parte)


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La honradez, obviamente se encuentra completamente ligada a la ética y a los valores que cada cual ha desarrollado y progresan en su interior en función de factores tan diversos como el entorno en el que se encuentra, la formación recibida, la influencia social y familiar, las épocas, las costumbres. Por todo ello se convierte en bastante difícil establecer un patrón de honradez igualitario asumible por todos.

De la misma forma la honradez de cada uno de nosotros y, sobre todo, su aplicación es bastante subjetiva desde un punto de vista global, pero en donde no encierra ninguna duda es en cuanto afecta a nuestra propia conciencia. Esa que siempre se acaba reflejando al otro lado del espejo por más que nos justifiquemos o, precisamente por eso nos tengamos que justificar, porque lo que vemos en él no es lo que quisiéramos que reflejara.

Cada uno de nosotros hemos adquirido unos valores y su salvaguarda queda recogida en un término poco utilizado hoy por considerarse caduco y por el muy mal uso que se ha venido haciendo de él a través de los tiempos: el honor (del latín honos, honoris), cualidad que impulsa a las personas a conducirse conforme a las más elevadas normas morales (rectitud, decencia, dignidad, respeto, honradez, honestidad). Tanta importancia adquiere este término que el Derecho Romano, y quienes en él se hayan inspirado, le da contenido convirtiéndolo en un bien jurídico tutelado.

Durante siglos, el honor ha sido justificación de duelos, de luchas, de desafíos y de afrentas. Causa de estúpidas rencillas y graves desafíos a vida o muerte por ofensas más relativas a las relaciones personales que al verdadero honor como persona. Se ha convertido también en una expresión que nos dotaba de un ascendente sobre los demás en base a la fama, a la heroicidad. Motivo de aplausos y alabanzas por parte de nuestros coetáneos. Pero su verdadero origen es más modesto y adquiere una mayor importancia, si cabe, en su cuna. Se puede ser tan respetado siendo humilde y obrero como un gran dignatario rodeado de todos los lujos terrenales imaginables. La honradez, la rectitud, la decencia y la dignidad no saben de clases sociales, riquezas o reconocimientos, son sólo cualidades del ser humano desnudo, de ahí la importancia que adquiere su tutela legal dado que su valor es tan grande como el de cualquier propiedad.

La Honradez (1ª parte)


Honestidad

Hablar de honradez, en nuestros tiempos, es sinónimo de rectitud en situaciones que implican movimientos económicos continuos. Por una parte, es una cualidad absolutamente indispensable para alguien que refleje la contabilidad de una empresa, los que trabajen en bolsa o para aquellos que se sitúan detrás de una caja donde se da mayor tráfico de efectivo pero, de otra, parece más circunstancial para un técnico de mantenimiento o para un ingeniero informático. Se trata de un error de percepción que cometemos a menudo y que es difícil de detectar en alguien que no haya sido acusado, y demostrado, de falta de honradez, lo que sólo se da por lo general en el primer caso.

Hablamos de falta de honradez cuando alguien atenta contra la confianza que hemos depositado en él y ha resultado sancionado por este motivo. No es algo común ni públicamente conocido de forma que, antes de contratar a alguien, podamos comprobarlo y eso permite la reiteración del hecho a cargo de la misma persona por más veces contra distintas compañías.

En muchas ocasiones, sustituimos la honradez por el abuso de confianza sin ser conscientes de que ambas se solapan a menudo. La honradez personal se esconde detrás de cada una de las actuaciones que realizamos a diario. Se debe ser honrado, sobre todo, con uno mismo. Serlo nos reviste de una fortaleza personal que se refleja en la seguridad con la que podemos abordar la mayoría de las situaciones personales, sociales y profesionales a las que nos vayamos a enfrentar. Podemos y debemos ser honrados cuando hablamos con un compañero, rectificamos a un subordinado, desarrollamos un proyecto y en cualquier tesitura profesional o de nuestra vida cotidiana; también dentro de nuestro entorno familiar dando la respuesta que se espera de nosotros en cada momento, aportando, colaborando, atendiendo, corrigiendo y motivando; en nuestro ámbito social, con nuestros amigos, nuestros vecinos, la comunidad en la que vivimos, con nuestra ciudad, cumpliendo y observando las normas sociales que nos permitan una convivencia cívica y, en consecuencia, nos deje disfrutar de una vida más fácil y cómoda.

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