La calumnia dentro de una organización


Lomo apaisado_700 pixelsSan Benito nos advierte, expresamente, sobre dos maneras de perjudicar a terceros en las que hace especial hincapié: la calumnia y la difamación. Evidentemente, calumniar, según nuestra perspectiva actual, se asemeja a difamar ya que en ambas reside intrínsecamente el interés de causar mal a un tercero, sea persona física, jurídica o entidad de cualquier otro tipo. El término calumnia queda recogido ya en las Leyes de las XII Tablas[1] si bien algunos le otorgan orígenes etruscos, bastante anteriores o, por lo menos, sí al ascendente etimológico.

La calumnia comparte categoría legislativa en sus orígenes con la injuria y la difamación, siendo consideradas del tipo penal básico y que las tres persiguen lesionar el honor de las personas. Quedaba encuadrada, pues, en las afrentas que se pudieran hacer contra el honor (y dignidad) que antes hemos comentado.

Con todo y no ser lo más extendido en estos días a nivel empresarial, no dejaremos de ver casos en los que alguien es culpado ignominiosamente de un proceder inadecuado, a sabiendas que esto no es así, buscando algún tipo de beneficio propio. Y si, como leeremos en breve, difamar me resulta algo inaceptable por parte de quien lo ejerce de manera habitual y con absoluto conocimiento de lo que hace, y aunque fuere con dudas sobre la veracidad de sus palabras, la calumnia me resulta uno de los crímenes sociales más execrable que se puedan dar en un entorno profesional. No en vano, para que una atribución falsa pueda encontrar un buen campo de cultivo, es necesario que la persona afectada carezca de defensa o justificación y se den, probablemente, circunstancias que permitan que la idea cuaje de manera firme en la mente de quienes disponen de poder decisorio. Abusar y aprovecharse en beneficio propio de la debilidad de alguien –inexistencia de protección– resulta del todo punto despreciable.

Hay que tener en cuenta que quien calumnia puede estar buscando objetivos mucho más perversos que la simple lesión del honor de su víctima o hacerlo sin mayor pretensión que la de causar el mal por el mal, debido a envidias u otros manejos mentales de quien la profiere. No es difícil imaginar en un entorno laboral el interés por conseguir que alguien pierda su puesto en beneficio de quien calumnia o de un tercero, por quien se sienta predilección o sobre el que se tenga algún tipo de ascendente. Hacer correr un rumor a través de los canales adecuados dentro de una organización, permite generar un estado de opinión contrario a una persona suficientemente importante como para acabar convirtiéndose en verosímil, con el adjetivo de ‘presunto’. El saber popular ayuda con su si el río suena, agua lleva y la mayor parte de ejecutivos no quieren correr riesgos innecesarios.

Lo que ya no es tan corriente, pero si puede generar consecuencias, es la derivación de apertura de expedientes y procedimientos contra las personas calumniadas, pudiéndose llegar a que pierdan su condición laboral e, incluso, su puesto de trabajo y aquí, ya no sólo nos encontramos ante un acto de mala fe contra el honor de un/una compañero/a, sino que se está atentando contra la propia compañía que puede decidir la destitución o el despido, injustamente, de una persona que, a partir de ese momento, dejará de aportar valor añadido a la entidad con las consecuencias derivadas.

Y todo ello sin olvidar, y me parece mucho más grave y trágico todavía, que se está abonando un terreno que puede llegar a destruir un entorno familiar –el del calumniado– por perder su fuente de ingresos, incluso llegando a crear la duda entre sus más directos en cuanto a su integridad personal y/o profesional o, peor todavía, afectando al propio individuo que no disponga de la suficiente fuerza y entereza moral para soportar una situación injustificable que le ha condenado al fracaso profesional y quién sabe si personal. El equilibrio psicológico y mental de las personas dista de ser homogéneo y se ve sometido a muchas circunstancias que cada cual resuelve de maneras bien diferentes y, desde caer en una depresión, hasta caerse desde la azotea de su casa, hay un amplio abanico de posibilidades en las que ambas entran y alguien acaba cayéndose. Las consecuencias de la maldad pura y simple o de la maldad por interés son difícilmente previsibles y no se tiene en cuenta que, detrás de cada hecho que tiene repercusión en un ser humano, caben unas reacciones imprevistas que no se tuvieron en consideración más allá del interés personal que nos movió a actuar de una determinada manera.

Lo que sí puedo afirmar rotundamente por haber vivido una situación similar en primera persona es que, cuando esto sucede, nadie concede al afectado el beneficio de la duda. Probablemente, no se adopten medidas en su contra porque no existen pruebas flagrantes que sustenten la acusación y se trate de mantener el statu quo de manera que no se vea afectado el día a día de la compañía, pero la malvada idea maquinada por un envidioso o un despechado, prosigue en su avance de manera implacable cual si fuera un virus que, más tarde o más temprano, se cobrará su pieza. Es decir, desgraciadamente, salvo integridad absoluta por parte de quien le corresponde tenerla y adoptar decisiones, el éxito siempre acompañará al calumniador porque no se actúa con la presunción de inocencia y porque los latinos somos muy dados a aceptar todo tipo de comentarios perversos, dándoles pábulo sin prueba alguna que los sustente. Otra cosa fuera el rechazo sistemático hacia cualquier comentario, denuncia o insinuación que no se pudiera demostrar y sostener de una manera efectiva y, aún y así, se deberían meditar mucho los motivos que llevaron a la persona denunciada a actuar de una determinada manera.

San Benito lo sabe y en el capítulo del Silencio (6) de su ‘Santa Regla’, hace mención taxativa al recordar las palabras del Profeta:

Dije: vigilaré mi proceder, para que no se me vaya la lengua; pondré una mordaza a mi boca; guardaré silencio humildemente, no hablaré ni de cosas buenas.

Y afirmaba que escrito está:

En el mucho hablar no faltará el pecado’ y ‘La muerte y la vida están en poder de la lengua’.

No se trata sólo de un silencio para mantener la concentración, que por sí sólo ya se justificaría, sino es un silencio que pretende evitar conflictos innecesarios entre iguales y evitar cualquier comentario que pueda perjudicar a terceros inocentes.

Aquellos que ven sometido su honor y su dignidad a debate, sin causa alguna que lo sustente, y sólo por la actuación de terceros desconsiderados que responden a intereses espurios y controvertidos, saben lo que se llega a sufrir en el proceso, pero ignoran lo más importante, y es que, aunque la razón les asista, el resultado será el mismo. Por eso es tan importante que decapitemos cualquier intento y cualquier intencionalidad dentro de la organización en la que ejercemos responsabilidades de todos aquellos comentarios, chismes y denuncias que no hayamos visto, escuchado o seamos capaces de comprobar por nosotros mismos. De nuestra determinación hoy dependerá, en muchas ocasiones, la efectividad y los resultados de mañana. Acostumbrémonos a no prestar nuestros oídos y nuestro tiempo a maquinaciones extrañas, seamos sensatos e invitemos a quienes tengan algo que decir, que sean capaces de hacerlo en público con demostraciones manifiestas o que se mantengan en el más profundo de los silencios con sus conjeturas evitando, de esta forma, cualquier malentendido o calumnia.

Y, con aquellos en los que percibamos un manifiesto interés por perjudicar a través de la calumnia a terceros, seamos inflexibles con la respuesta que no puede ser otra que mostrarles la puerta de salida. No necesitamos de ellos en nuestra organización, son como las sanguijuelas que nos absorben energías muy necesarias para centrarnos en la consecución de los objetivos principales de la compañía.

Como dijera el fundador de la orden benedictina de los giróvagos de quienes apuntaba que es mejor callar que hablar, de la misma manera actuemos con los calumniadores y aquellos que incentivan la desestabilización interior de la organización: Prescindamos de ellos.

[1] Texto legal para normalizar las relaciones de convivencia entre los romanos muy discutidas por los patricios y los pontífices romanos, toda vez que suponía la desacralización del derecho, tal y como se entendía hasta entonces, y ponía los cimientos de lo que luego hemos conocido como el Derecho Romano, antecesor de nuestras actuales bases jurídicas. Estas leyes permitieron que los plebeyos accedieran al conocimiento de las mismas y se reconocieran las relaciones entre unos y otros, permitiendo la creación de unas estructuras sociales hasta entonces de facto (Roma 450 a.C.).

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Conocimiento vs Bienes Materiales


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Un poco largo el escrito de hoy pero es el último del año y no quería dejar pasar una reflexión que, de paso, trata de explicar porqué en España no vamos a levantar la cabeza en muchos años, diga lo que diga el Presidente del Gobierno de turno, diga lo que diga el heredero de la corona, o el/la ministro/a salpicados por la corrupción, también de turno. El tono, tal vez resulte un poco moralista, pero no trato de serlo, en absoluto. Sólo relaté -y publiqué- en 2011 una realidad que ahora se ha convertido en una soga al cuello de la economía de nuestro país.

Muchos me acusan de defender más a los empresarios que a los trabajadores, rotundamente falso. Empresarios y productores forman parte de una misma moneda, cada uno ocupa su cara y entre los dos disponen de un valor en la medida que vayan unidos. Los dos han dañado economías, ambos han puesto en la picota a países enteros y no me vale eso de que quien más poder tiene, tiene más responsabilidad. Ambos, por igual, disponen de poder y así lo han demostrado a lo largo de la historia del pasado siglo. Por otra parte digo lo que digo a sabiendas de que voy a molestar a muchos lo cual, lejos de preocuparme, me parece un objetivo alcanzado ya que de eso se trata, de que aquellos que no están de acuerdo conmigo se molesten y me hagan darme cuenta de mi error, si estuviera a caballo de él. Siempre y cuando lo puedan argumentar, claro.

Así que tratemos de entender lo que se explica -se podrá estar de acuerdo o no- y reflexionemos sobre lo que de cierto -o de erróneo- encontremos en esas líneas. Y, sobre todo, pensemos en que podemos hacer cada uno de nosotros, desde nuestro rincón, por mejorar esa situación social. Nada más.

Luego… ya vemos si criticamos o no y cuánto.

Cuando percibimos el camino demasiado angosto

Veremos que ser emprendedores, gestores o ejecutivos es algo que está al alcance de muchas personas conocidas y, de hecho, muchos aspiran a serlo algún día como plasmación de sus objetivos profesionales. La experiencia acumulada, los conocimientos adquiridos y otras circunstancias de diversa índole, facilitan ese acceso que da la opción a liderar equipos, grupos y proyectos orientados a la consecución de objetivos empresariales y, sobre todo, nos permiten alcanzar mayores grados de bienestar económico y de posicionamiento social. Esta legítima aspiración nos lleva a disponer de mejores viviendas, vehículos más potentes, recursos valiosos como puedan llegar a ser el personal doméstico que nos han de evitar aplicarnos en tareas manuales, participar en actividades e integrarnos en grupos y asociaciones más elitistas cada vez, etc., pero lo que venimos olvidando muy a menudo es que nada de esto nos pertenece en realidad. De hecho lo aprendemos bien rápido cuando se produce una caída de repente, inesperada. Lo vemos reflejado cuando un empresario sufre la quiebra de su empresa. Y es que la felicidad siempre va unida al dolor cuando se olvidan preceptos básicos como encierra el entendimiento de que nada material es infinito ni nos pertenece, más allá de la temporalidad que lo marca casi todo.

A colación de este hecho viene el suicidio de Mark Madoff, hijo mayor de Bernard Madoff[1] conocido por ser uno de los grandes capitalistas, tanto como uno de los mayores estafadores de la corta vida de los Estados Unidos de América, al no saber aceptar la caída del pedestal al que llegaron de manera, ahora públicamente conocida, poco honesta. Son muchos los empresarios y los ejecutivos que, sin haber cometido ninguna tropelía similar a la de Bernard Madoff, se acogen al supuesto derecho de decidir sobre su propia vida, poniéndole fin y causando un dolor inquebrantable a sus más allegados, por no saber digerir un cambio de situación coyuntural que les lleva a perder los supuestos privilegios que les otorgan, de puertas hacia afuera, los recursos económicos y los beneficios sociales que comportan implícitamente su estatus en un momento dado.

La Regla de San Benito (analizada a través de San Benito y el Management Moderno) trata de advertir de todos los peligros que se asocian a los recursos económicos y sociales salvo de aquellos que realmente disponga la persona como tal. Es difícil, muy difícil, aprender que nada nos pertenece salvo lo que hayamos aprendido a hacer y los conocimientos de los que dispongamos y así lo expresa al decirnos…

…el camino (…) es naturalmente angosto.

Pero conseguirlo, progresar en él, nos permitirá correr de manera mucho más veloz. Y utiliza una palabra clave: paciencia como elemento fundamental en la consecución de nuestros objetivos y que también resulta clave para entender la actitud de la civilización oriental. No es fácil para nadie que llega a alcanzar un estatus determinado, dispone de unos ingresos importantes y se beneficia de unos recursos fuera del alcance de la mayoría, ajustarse a una actuación mucho más espartana de lo que por ‘derecho’ le correspondería dentro de una sociedad en la que prima el exterior sobre el interior. Tampoco es sencillo convertirnos en facilitadores de bienes destinados a seres anónimos practicando la caridad por encima de lo estrictamente correcto desde un punto de vista social. Podemos ver a grandes prohombres de nuestra sociedad, como Bill Gates[2], donando una mínima aportación de su fortuna a iniciativas sociales –afortunadamente él lo hace y congratulémonos por ello–, pero casi nunca veremos a ninguno que vaya a donar todo lo que le sobra para vivir, a favor de los más necesitados. No vamos a ser tan necios de creer que en estos momentos alguien lo vaya a hacer tal cual pero sí, por lo menos, tratar de que los lectores entiendan la necesidad del desapego de los bienes mundanos y materiales que hoy están y mañana podríamos haber perdido por causas diversas sin que ello llegue a representar, como ahora mismo está sucediendo, una crisis personal que, por lo general, dispone de una tendencia a acabar muy mal para quienes la sufren. Somos lo que somos y valemos por lo que somos, no por lo que tenemos.

El inmenso valor de nada

Un buen fotógrafo y amigo, Carles Porta[3], me hacía una interesante reflexión al respecto, mientras comíamos en un popular restaurante de Sabadell. Se preguntaba qué iba a suceder con Bill Gates y muchos que como él disponían de una fortuna que les permitiría vivir diez vidas consecutivas, con todos los lujos inimaginables, cuando descubrieran que sólo podían vivir una, mientras millones de personas morían de inanición en el mundo pudiéndose salvar con un reparto más ajustado de ese excedente de nueve vidas. No supe qué responderle.

San Benito, exige a quienes pretenden entrar en su comunidad que abandonen todas sus propiedades mundanas y/o las pongan a merced del convento para aprovechamiento de todos. Va un poco más allá y, en El hábito y el ajuar del monje (55), dice que:

Y para que el vicio de la propiedad sea extirpado de raíz, que el abad dé a los monjes todo lo que es necesario, o sea: cogulla, túnica, peúcos, sandalias, ceñidor, cuchillo, estilete de escribir, aguja, pañuelo, tablillas enceradas, así se evitará todo pretexto de necesidad.

No cree que haya necesidad de propiedades porque sabe perfectamente que esa es la mayor causa de desazón y desavenencia entre las personas. La extrema dependencia de bienes y símbolos externos a la que nos hemos acostumbrado, nubla la visión del futuro de nuestras vidas. Preferimos sucumbir a la exhibición de factores externos que nos permitan que los demás nos posicionen socialmente antes que preocuparnos de mejorar como personas, personal y profesionalmente, y ocuparnos del desarrollo del intelecto.

Déjenme que les cuente un pequeño ejemplo que se ha convertido en parte integrante de una crisis de la que tardaremos más de veinte años en salir. No trato de centrar toda la crisis que vivimos en España en ese punto, ni tampoco de culpabilizar a los muchos que han sido el sujeto principal del mismo ejemplo, pero si quiero hacer una llamada de atención que nos sirva, en algún momento, para razonar al respecto.

Una de mis principales aficiones, para la que apenas me resta tiempo y la edad, así como la salud, ya no me permiten disfrutar con la misma intensidad, es el fútbol. Me gusta entrenar, me ha gustado toda la vida y en tiempos pretéritos se me daba bastante bien. Tengo la fortuna de que uno de mis hijos sigue con ella y la ha convertido en su profesión superando muchísimo a su padre. Orgullo legítimo. Hace, unos ocho años, allá por el 2003, mi hijo Toni, jugaba en un club de Sabadell, ciudad a la que nos habíamos trasladado desde Barcelona a vivir. Había jugadores que destacaban y otros que no lo hacían tanto, pero el asunto por el que traigo este tema a colación no tiene nada que ver con su vertiente deportiva. Estaban en edad de estudiar, la misma, y no habían finalizado, tan siquiera, el bachillerato. Todos sabemos de la dificultad que encierran los jóvenes adolescentes, con sus fantasías, sus prioridades, sus ansias… Hubo padres que cedieron, creo que con demasiada facilidad, a la voluntad de sus hijos por ponerse a trabajar, dejando sus estudios a cambio de unas remuneraciones que, en aquellos momentos, el sector de la construcción pagaba suficientemente bien como para que no pensaran en las consecuencias de dejar lo más importante: la adquisición de conocimientos.

El resultado de aquello es visto ahora, con la perspectiva que dan los años y acontecimientos, como un error. Pero no es eso lo peor, aquella generación de niños como los que he expuesto, tiene ahora entre veinte y treinta años y están en el paro; su oficio, en el caso de los mejores, ya no es tan necesario ni se recompensa de la misma manera; no tienen hábito, costumbre, ni predisposición para dar marcha atrás y volver a donde lo dejaron, cuando no pueden hacerlo porque ya se han cargado de responsabilidades familiares. Me pregunto yo ¿Qué vamos a hacer con esta generación perdida? Sí, perdida. Vagará, incesantemente, buscando oportunidades de trabajo según se vayan desarrollando los diferentes sectores al albur de la oportunidad, ora en hostelería, ora en el campo, ora en la construcción y, entre medias, cuando no haya trabajo, se mantendrán acogidos a los subsidios de desempleo que imperan en este país, a cambio de no hacer nada o practicar economía sumergida. Y todo porque, en algún momento, nadie les hizo ver, ni les pudo obligar, a finalizar sus estudios superiores.

¿Qué tiene que ver esto con lo que hablábamos? Mucho. San Benito rechaza el dinero y las propiedades a cambio de hacer aquello que nos llena, lo que nos permitirá alcanzar la Felicidad Plena. Estos muchachos, abandonaron el camino angosto y siempre difícil del conocimiento a cambio de una compensación económica que les daba acceso a libertades, propiedades y símbolos exteriores. Nadie fue capaz de exigir una finalización de estudios, una acreditación para levantar una pared. Y tampoco me parece justo descargar la responsabilidad de esa generación perdida sobre los padres exclusivamente. Habremos de pensar en todo ello, mientras España ha dejado de ser competitiva en el concierto económico mundial. ¡Una generación completa! Veinticinco años para recuperarla, más o menos.

[1] Estadounidense, ex corredor de bolsa y asesor de inversiones que llegó a convertirse en el presidente ejecutivo del Nasdaq. Autor de una de las mayores estafas que defraudó a multitud de inversionistas por valor de miles de millones de dólares. Detenido en 2008 a partir de una denuncia formulada por sus hijos al conocer los detalles y magnitud de la estafa en la que se encontraban involucrados, al parecer, sin su consentimiento.

[2] Empresario y filántropo estadounidense, cofundador de la empresa de software Microsoft.

[3] http://www.carlesporta-fotograf.blogspot.com

Función de un directivo…


En la Santa Regla, origen e inspiración de mi recién publicado libro San Benito y el Management, se hace un exhaustivo repaso a las obligaciones y deberes del Abad como figura ‘gerencial’ de los monasterios benedictinos. Es realmente interesante ver detalles, como el que he traído hoy aquí, en los que demuestra que hace mil quinientos años ya se tenían más en consideración a las personas que conforman nuestra organizaciones que hoy mismo.

Y créanme que lamento mucho utilizar a modo de ejemplo a un gurú que tanto nos ha enseñado a lo largo de su carrera profesional y con el que disiento profundamente en muchos aspectos, alguno incluso recogido en le propio libro. Se trata de Peter Drucker que en Septiembre de 1986 publicaba en Financial Times que: ‘La tarea básica de un buen director consiste en hacer que la gente produzca’. Esto es algo que, al final, todos nos hemos acabado creyendo igual que la compañía está compuesta de recursos humanos.

Vamos a ver, y estoy abierto a que todo el que quiera me desmonte mi teoría y mi lógica y, por duros que sean, lo publicaré en el mismo Blog, disiento completamente de que dispongamos de recursos humanos, en todo caso de personas que ejercen y desempeñan funciones de una forma ordenada, organizada y dirigida hacia unos objetivos comunes. Pero por lo que, de ninguna manera, puedo pasar es porque la función de un directivo consista en hacer que la gente produzca. Lo directivos tienen objetivos que cumplir y para ello deben valerse de sus equipos de colaboradores y su verdadera función debería ser ponerse al servicio de su propio equipo para ayudar a facilitarles el trabajo y, por ende, la consecución del objetivo común de la organización, no hacer que produzcan.

Los colaboradores ya producen habitualmente, bien, mal, con mayores dificultades, con inconvenientes, con travas, con mejores o peores condiciones, esas sí son cuestiones que los dirigentes deben de resolver. Para eso están ahí. Para eso y para entender el mensaje que nos lega San Benito: ‘Dirigir personas y acomodarse a tantas maneras diferentes de ser’ porque tal y como explica luego ‘Se ha de adaptar a los temperamentos y caracteres de todo ellos para que, no sólo no tenga que lamentar ninguna pérdida en la grey, sino que pueda alegrarse con el aumento del buen rebaño’. Finalidad última, ésta sí, de cualquier dirigente.