EL PATITO FEO


Fantástica entrevista de Olga Pereda a Jordi Nomen, publicada en El Periódico de Barcelona el pasado día 15 de Julio de 2018, es decir, rabiosa actualidad. Jordi Nomen es profesor de filosofía y es el autor del libro “El Niño Filósofo“. BBVA, a través de su fundación, le ha dado mayor audiencia a este profesor y a la importancia de sus explicaciones.

Todos podemos extraer algo positivo de sus explicaciones, no sólo está orientado a los padres (espero que mi hijo mayor, el único a día de hoy que me ha permitido vivir la experiencia de ser abuelo, lea esta líneas como habitualmente hace cuando publico alguna cosa) que son el público destinatario primero de Jordi Nomen, también se desprende la obviedad de aplicarla en las aulas de capacitación de profesionales, para liderazgo, management, etc. y también en el mundo del deporte (también espero que mi hijo más joven, dedicado al deporte, lo lea -este es más difícil que lo haga- y extraiga sus propias conclusiones de aplicación, se me ocurren muchas ahora mismo)… ¿se imaginan lo que representaría para la actitud moral de las personas el desarrollo del pensamiento socrátrico?¿pueden imaginar lo que ayudaría a la comprensión entre los humanos, entre ciudadanos, entre los vecinos, los amigos, las parejas, el desarrollo del pensamiento socrático? ¡Y está a nuestro alcance! podemos iniciarlo ahora mismo.

A parte de la entrevista que aquí les dejo, también les facilito este enlace a una entrevista patrocinada por BBVA que le hicieron al propio Jordi Nomen muy interesante (y largo, así que busque un tiempito para escucharlo acomodadamente): https://www.youtube.com/watch?v=e3BumAX-eME

Por cierto, después de la entrevista también incluyo )así viene dispuesto en el propio periódico, una aplicación práctica de talleres filosóficos destinados a personas con discapacidad intelectual a fin de empoderarlas e incrementar su autoestima. No se lo pierdan tampoco.

Empezamos,

¿Tiene usted hijos pequeños? Deles una caja vacía y pregúnteles 20 cosas que podrían hacer con ella. Quizá no lo sepa, pero les está enseñando filosofía. También lo hará si les muestra, por ejemplo, una foto de ‘La Gioconda’ y no se limita a que la observen sino que les lanza varios interrogantes como: “¿Te gusta? ¿Por qué? ¿Dirías que sonríe? ¿Cuándo sonríes tú así?”

El profesor de Filosofía y responsable del departamento de Humanidades de la escuela Sadako de Barcelona Jordi Nomen (Barcelona, 1965) demuestra en el libro ‘El niño filósofo’ (Arpa editores) que la filosofía se puede enseñar a los chavales desde muy pequeños. No es una ciencia para cuatro elegidos sino una manera de que los más pequeños piensen por sí mismos, piensen mejor y piensen en los demás. Los niños filósofos de hoy serán los ciudadanos críticos del mañana.

-¿A partir de qué edad se le puede enseñar filosofía a un niño?
-Desde los dos o tres años si se cuenta con los materiales adecuados. Lo que hacemos es trabajar con marionetas o contarles cuentos sencillos. ‘El patito feo’, por ejemplo. No nos limitamos a leerles la historia sino que les preguntamos por qué creen que le llaman feo y si una persona ‘fea’ puede ser aceptada en la sociedad.

-Así que ‘El patito feo’ también es filosofía
-Por supuesto que lo es. Habla de la marginación y la confianza en sí mismo para convertirse en cisne. Cualquier material sirve para enseñar filosofía. Si un formador tiene mirada filosófica y sabe preguntar filosóficamente puede conseguir que los niños y las niñas piensen filosóficamente.

“Un padre puede leer ‘El patito feo’ y preguntar a su hijo por qué cree que le llaman feo y si es conveniente llamar feo a alguien. Eso es filosofar”

-¿Y los papás y las mamás?
-Esta tarea no es solo de los profesores. No hay que ir a la universidad y estudiar la carrera de Filosofía para tener una mirada filosófica. Simplemente hay que salirse del contexto. Un padre o una madre puede leer ‘El patito feo’ y preguntar a su hijo: ¿Por qué le llaman feo? ¿A ti te han llamado feo alguna vez? ¿Crees que es conveniente llamar fea a una persona o la belleza es mucho más que el aspecto exterior? Este tipo de preguntas son netamente filosóficas. Es cuestión de práctica y de tener ganas.

-Y tiempo.
-Claro. Hay que ir poco a poco. Esto no requiere prisa. La reflexión siempre implica tranquilidad, reposo y serenidad. No hay que forzar. No consiste en hacer una lista de diez preguntas a los chavales.

-En ‘El niño filósofo’ afirma que una clave fundamental es cómo se cuentan los cuentos. Recomienda hacerlo en voz alta y gesticulando.
-Son los matices del lenguaje no verbal, que se pierden escuchando un cuento pregrabado. A veces nos precipitamos y queremos que el niño sepa cómo va a terminar la historia, cuando en realidad es más interesante trabajar las habilidades del pensamiento con ellos. Matthew Lipman, creador del programa Philosophy for Children, insistía en que no hay que precipitarse sino dejar que piensen. Lo mejor es pararse un momento y hablar sobre las posibilidades que tienen los personajes.

-Si les leemos ‘El traje del emperador’…
-Pues, por ejemplo, le preguntamos ¿qué podría haber hecho el emperador para que no le hubieran engañado? Ahí estás haciendo que el niño piense.

-Y que se divierta. En su libro recuerda cómo Montaigne decía que los juegos de los niños “no son juegos sino que deberían considerarse como sus actos más serios”.
-La filosofía también es jugar. Jugar con el pensamiento. Por eso no hay que precipitarse. Podemos decir al niño que seguimos con el cuento mañana. A los adultos nos pasa lo mismo con las series, tenemos ganas de ver el siguiente capítulo para saber qué pasa. Con los cuentos infantiles sucede igual. Si sabemos hacer las preguntas adecuadas estaremos enseñando a nuestros hijos a pensar. Si añadimos el elemento de valoración moral les estaremos enseñando algo más.

-¿Qué es la valoración moral?
-Preguntarle ¿te parece justo que al patito le llamen feo? A lo mejor el niño te explica muchas cosas. Por ejemplo, te puede decir que en su clase hay un compañero al que llaman feo. Ahí los padres pueden actuar desde el punto de vista moral y preguntar si le parece justo y por qué.

“Hay que abolir los deberes mecánicos. No tienen sentido. Los únicos deberes válidos son los que mueven a pensar”

-Imaginemos un niño al que le lean cuentos de esta manera y otro que no. Cuando cumplan 15 años ¿qué diferencias habrá entre ellos?
-La primera diferencia es que el niño también se acostumbra a preguntar y sus preguntas serán más certeceras. Un adolescente que haya recibido esa formación será un adolescente rebelde, alguien a quien no convencerá el discurso fácil.

-Rebelde en el sentido positivo.
-En el sentido de ciudadanía. Los ciudadanos debemos ser rebeldes y no conformarnos con un discurso si el argumento no tiene fuerza. Estos chicos y chicas detectan contradicciones y prejuicios y tienen pensamiento crítico. Y también son más creativos. La filosofía no solo es hablar sino dibujar, buscar símbolos y metáforas. Hace poco asistí a una clase de con alumnos de cinco años. La maestra les enseñó un sonajero hecho con un rollo de papel y granos de arroz y les propuso hacer grupos y fabricar su propio sonajero en 25 minutos. Cuando acabaron le sentó en un círculo y les preguntó qué había sido lo más fácil y lo más difícil. Eso es una pregunta muy filosófica.

-Usted defiende que se educa dando tiempo para pensar. Pero en muchos casos los niños siguen atados a los deberes mecánicos.
-Hay que abolirlos, no tienen sentido.  Los únicos deberes que debería haber son los que mueven a las familias a pensar. A mis alumnos de Ética, por ejemplo, les mando de deberes un dilema moral para que lo hablen en casa: “Te encuentras en una centro comercial una cartera con 50 euros y el DNI. ¿Qué haces?” 

NUEVOS MAESTROS SOCRATICOS

La filosofía ha dejado ser la aburrida asignatura con la que la ‘generación EGB aprendió de memoria la obra de grandes pensadores como Kant, Platón o Descartes. La filosofía, de hecho, ha salido de los colegios e institutos y ha desembarcado en talleres con presidiarios y drogadictos. También se está aplicando en la empresa, niños con autismo y personas con discapacidad intelectual.

Hace seis años, el profesor Chema Sanchez Alcón -responsable del Centro de Filosofía para Niños en València- pensó en la posibilidad de acercar la filosofía a personas con discapacidad intelectual de cualquier edadSu proyecto funcionó tan bien que en el 2016 la idea se exportó a Galicia, León, Toledo y Murcia. Puede que estos alumnos no conozcan a los grandes filósofos, pero en los talleres “están practicando la filosofía”, afirma Luis Alberto Prieto, presidente del Centro de Filosofía para Niños, una red que apuesta por la formación filosófica de los profesores y lucha para que la Filosofía se aplique en los colegios y los menores aprendan así a pensar por sí mismos y mejor.

Peticiones por toda España

El proyecto de personas con discapacidad nació en València con humildad y sin excesivas pretensiones. Sin embargo, los resultados fueron tan positivos que los alumnos, convertidos en ‘maestros socrácticos’, acudieron a un congreso de profesores de Filosofía para explicar sus talleres de pensamiento libre. El resultado de la charla fue la expansión de la idea a otras ciudades. “Nos lo están pidiendo en muchos otros lugares, como Madrid, Catalunya, Extremadura y Andalucía. Pero dependemos de dinero público y el presupuesto no nos llega”, admite Prieto.

A diferencia de otros cursos, los talleres filosóficos para personas con discapacidad intelectual son más largos. Duran un año escolar y la jornada se extiende a toda la mañana. Con edades comprendidas entre los 17 y los 50 años, los alumnos tienen varios grados de discapacidad y el único requisito es que tengan capacidad para expresarse y escuchar. La tarea fundamental de los profesores es la de desarrollar el pensamiento crítico y emocional (identificar, comprender y regular las emociones) así como la educación en valores. “Aquí nadie se aprende de memoria los logros de Aristóteles, lo que hacemos es pensar en grupo, escuchar al otro, seguir su argumentación y responder con cuidado”, explica Prieto. Al igual que los niños, las personas con discapacidad llegan a los mismos sitios que los demás. Tan solo que lo hacen más despacio”, añade.

Mayor autoestima

En los talleres se practica la filosofía. Se inculca a los alumnos la necesidad de hacer preguntas y que estas sean pertinentes. En las clases se habla de la verdad, la belleza y el bien. Se trabaja mucho el concepto de ciudadanía y de dignidad. El efecto inmediato en los alumnos -que con el paso del tiempo se convierten en ‘maestros socráticos’- es el aumento de su autoestima. “Es una manera de empoderarles porque ellos están demostrando que pueden hacer muchas cosas. Es una vía para que se sientan incluidos en la sociedad. Muchos han sufrido algún tipo de acoso, así que los talleres sirven para que tengan sentido de la responsabilidad hacia los demás”, resume el responsable del Centro de Filosofía para Niños, institución que colabora con Plena Inclusión España, organización que trabaja por la inclusión de las personas con discapacidad intelectual.

Actividades

Una de las actividades que se suelen realizar es la de crear una imaginaria ciudad de pensamiento libre, con sus propio alcalde y sus partidos políticos. Los alumnos tienen que organizarse y realizar peticiones a las autoridades. “Su sentido cívico les hace reclamar más hospitales y colegios”, explica Prieto. Otra actividad habitual es la de mostrar cuadros y que los alumnos, a través de preguntas pertinentes, traduzcan el lenguaje del arte. Los profesores también suelen trabajar mucho las emociones y, sobre todo, emplazan a los alumnos

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Un auténtico Líder moral


Clicar encima de la imagen para acceder al texto referido

Dag Hammarskjöld (clicar encima de la imagen para acceder al texto referido)

Preparando la versión ON LINE de nuestro curso LiderazgoAhora, que esperamos se pueda lanzar pronto al mercado, me viene al recuerdo un artículo de la Vanguardia (25/09/11), firmado por Miguel Calsina, que se refiere a un antiguo Secretario de la ONU de cuyo óbito en poco tiempo alcanzaremos el sesenta aniversario y del que la mayoría ni escuchamos hablar: Dag Hammarskjöld.

Como cuando una cosa está tan bien explicada no es prudente tratar de interpretarla, yo les dejaré con el artículo que me permitió conocer a este personaje en el cincuenta aniversario de su pérdida, que se adjunta (accederán a él clicando encima de la imagen de cabecera)  y que les recomiendo encarecidamente lean.

Sólo quiero resaltar dos puntos:

En mis nuevas responsabilidades (cuando fue elegido Secretario General de la ONU) el hombre privado debe desaparecer y el servidor público internacional ocupará su lugar” ¡Brutal!

Y de Saint Exupéry: “Un político despliega su máximo valor cuando está al servicio de alguna evidencia moral

Igualito que los que nos gobiernan a nosotros, hoy en día, “bajo pura gestión de contingencias partidistas o electoralistas y no como búsqueda sincera del interés general” (frase extraída del artículo del propio politólogo y profesor, Calsina, sin su autorización)

 

 

 

La calumnia dentro de una organización


Lomo apaisado_700 pixelsSan Benito nos advierte, expresamente, sobre dos maneras de perjudicar a terceros en las que hace especial hincapié: la calumnia y la difamación. Evidentemente, calumniar, según nuestra perspectiva actual, se asemeja a difamar ya que en ambas reside intrínsecamente el interés de causar mal a un tercero, sea persona física, jurídica o entidad de cualquier otro tipo. El término calumnia queda recogido ya en las Leyes de las XII Tablas[1] si bien algunos le otorgan orígenes etruscos, bastante anteriores o, por lo menos, sí al ascendente etimológico.

La calumnia comparte categoría legislativa en sus orígenes con la injuria y la difamación, siendo consideradas del tipo penal básico y que las tres persiguen lesionar el honor de las personas. Quedaba encuadrada, pues, en las afrentas que se pudieran hacer contra el honor (y dignidad) que antes hemos comentado.

Con todo y no ser lo más extendido en estos días a nivel empresarial, no dejaremos de ver casos en los que alguien es culpado ignominiosamente de un proceder inadecuado, a sabiendas que esto no es así, buscando algún tipo de beneficio propio. Y si, como leeremos en breve, difamar me resulta algo inaceptable por parte de quien lo ejerce de manera habitual y con absoluto conocimiento de lo que hace, y aunque fuere con dudas sobre la veracidad de sus palabras, la calumnia me resulta uno de los crímenes sociales más execrable que se puedan dar en un entorno profesional. No en vano, para que una atribución falsa pueda encontrar un buen campo de cultivo, es necesario que la persona afectada carezca de defensa o justificación y se den, probablemente, circunstancias que permitan que la idea cuaje de manera firme en la mente de quienes disponen de poder decisorio. Abusar y aprovecharse en beneficio propio de la debilidad de alguien –inexistencia de protección– resulta del todo punto despreciable.

Hay que tener en cuenta que quien calumnia puede estar buscando objetivos mucho más perversos que la simple lesión del honor de su víctima o hacerlo sin mayor pretensión que la de causar el mal por el mal, debido a envidias u otros manejos mentales de quien la profiere. No es difícil imaginar en un entorno laboral el interés por conseguir que alguien pierda su puesto en beneficio de quien calumnia o de un tercero, por quien se sienta predilección o sobre el que se tenga algún tipo de ascendente. Hacer correr un rumor a través de los canales adecuados dentro de una organización, permite generar un estado de opinión contrario a una persona suficientemente importante como para acabar convirtiéndose en verosímil, con el adjetivo de ‘presunto’. El saber popular ayuda con su si el río suena, agua lleva y la mayor parte de ejecutivos no quieren correr riesgos innecesarios.

Lo que ya no es tan corriente, pero si puede generar consecuencias, es la derivación de apertura de expedientes y procedimientos contra las personas calumniadas, pudiéndose llegar a que pierdan su condición laboral e, incluso, su puesto de trabajo y aquí, ya no sólo nos encontramos ante un acto de mala fe contra el honor de un/una compañero/a, sino que se está atentando contra la propia compañía que puede decidir la destitución o el despido, injustamente, de una persona que, a partir de ese momento, dejará de aportar valor añadido a la entidad con las consecuencias derivadas.

Y todo ello sin olvidar, y me parece mucho más grave y trágico todavía, que se está abonando un terreno que puede llegar a destruir un entorno familiar –el del calumniado– por perder su fuente de ingresos, incluso llegando a crear la duda entre sus más directos en cuanto a su integridad personal y/o profesional o, peor todavía, afectando al propio individuo que no disponga de la suficiente fuerza y entereza moral para soportar una situación injustificable que le ha condenado al fracaso profesional y quién sabe si personal. El equilibrio psicológico y mental de las personas dista de ser homogéneo y se ve sometido a muchas circunstancias que cada cual resuelve de maneras bien diferentes y, desde caer en una depresión, hasta caerse desde la azotea de su casa, hay un amplio abanico de posibilidades en las que ambas entran y alguien acaba cayéndose. Las consecuencias de la maldad pura y simple o de la maldad por interés son difícilmente previsibles y no se tiene en cuenta que, detrás de cada hecho que tiene repercusión en un ser humano, caben unas reacciones imprevistas que no se tuvieron en consideración más allá del interés personal que nos movió a actuar de una determinada manera.

Lo que sí puedo afirmar rotundamente por haber vivido una situación similar en primera persona es que, cuando esto sucede, nadie concede al afectado el beneficio de la duda. Probablemente, no se adopten medidas en su contra porque no existen pruebas flagrantes que sustenten la acusación y se trate de mantener el statu quo de manera que no se vea afectado el día a día de la compañía, pero la malvada idea maquinada por un envidioso o un despechado, prosigue en su avance de manera implacable cual si fuera un virus que, más tarde o más temprano, se cobrará su pieza. Es decir, desgraciadamente, salvo integridad absoluta por parte de quien le corresponde tenerla y adoptar decisiones, el éxito siempre acompañará al calumniador porque no se actúa con la presunción de inocencia y porque los latinos somos muy dados a aceptar todo tipo de comentarios perversos, dándoles pábulo sin prueba alguna que los sustente. Otra cosa fuera el rechazo sistemático hacia cualquier comentario, denuncia o insinuación que no se pudiera demostrar y sostener de una manera efectiva y, aún y así, se deberían meditar mucho los motivos que llevaron a la persona denunciada a actuar de una determinada manera.

San Benito lo sabe y en el capítulo del Silencio (6) de su ‘Santa Regla’, hace mención taxativa al recordar las palabras del Profeta:

Dije: vigilaré mi proceder, para que no se me vaya la lengua; pondré una mordaza a mi boca; guardaré silencio humildemente, no hablaré ni de cosas buenas.

Y afirmaba que escrito está:

En el mucho hablar no faltará el pecado’ y ‘La muerte y la vida están en poder de la lengua’.

No se trata sólo de un silencio para mantener la concentración, que por sí sólo ya se justificaría, sino es un silencio que pretende evitar conflictos innecesarios entre iguales y evitar cualquier comentario que pueda perjudicar a terceros inocentes.

Aquellos que ven sometido su honor y su dignidad a debate, sin causa alguna que lo sustente, y sólo por la actuación de terceros desconsiderados que responden a intereses espurios y controvertidos, saben lo que se llega a sufrir en el proceso, pero ignoran lo más importante, y es que, aunque la razón les asista, el resultado será el mismo. Por eso es tan importante que decapitemos cualquier intento y cualquier intencionalidad dentro de la organización en la que ejercemos responsabilidades de todos aquellos comentarios, chismes y denuncias que no hayamos visto, escuchado o seamos capaces de comprobar por nosotros mismos. De nuestra determinación hoy dependerá, en muchas ocasiones, la efectividad y los resultados de mañana. Acostumbrémonos a no prestar nuestros oídos y nuestro tiempo a maquinaciones extrañas, seamos sensatos e invitemos a quienes tengan algo que decir, que sean capaces de hacerlo en público con demostraciones manifiestas o que se mantengan en el más profundo de los silencios con sus conjeturas evitando, de esta forma, cualquier malentendido o calumnia.

Y, con aquellos en los que percibamos un manifiesto interés por perjudicar a través de la calumnia a terceros, seamos inflexibles con la respuesta que no puede ser otra que mostrarles la puerta de salida. No necesitamos de ellos en nuestra organización, son como las sanguijuelas que nos absorben energías muy necesarias para centrarnos en la consecución de los objetivos principales de la compañía.

Como dijera el fundador de la orden benedictina de los giróvagos de quienes apuntaba que es mejor callar que hablar, de la misma manera actuemos con los calumniadores y aquellos que incentivan la desestabilización interior de la organización: Prescindamos de ellos.

[1] Texto legal para normalizar las relaciones de convivencia entre los romanos muy discutidas por los patricios y los pontífices romanos, toda vez que suponía la desacralización del derecho, tal y como se entendía hasta entonces, y ponía los cimientos de lo que luego hemos conocido como el Derecho Romano, antecesor de nuestras actuales bases jurídicas. Estas leyes permitieron que los plebeyos accedieran al conocimiento de las mismas y se reconocieran las relaciones entre unos y otros, permitiendo la creación de unas estructuras sociales hasta entonces de facto (Roma 450 a.C.).

El Principio de Peter


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En el mundo empresarial estamos rodeados de personas que ejercen responsabilidades desde el más absoluto de los desconocimientos para desarrollar su función. Existe lo que se conoce como el Principio de Peter, formulado en su día por Laurence Peter [1], en 1969, mediante un libro breve y escueto de imprescindible lectura para cualquier aspirante a gerenciar una compañía, un departamento o un grupo. Su formulación es bien simple y fácilmente comprobable:

En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.

Así de sencillo y entendible. El hecho de que una persona esté desempeñando sus funciones, con o sin responsabilidad encomendada, no le habilita para aspirar a alcanzar un nivel superior dentro de la organización. El caso es que, por ignorancia de este principio, la tendencia natural de los departamentos de Recursos Humanos se inclina a promocionar individuos de la propia organización a cargos para los que no están preparados y, al final, nos acabamos encontrando con despachos ocupados por excelentes profesionales en su día que no fueron capaces, o no pudieron, negarse a ascender un puesto en el escalafón y ahora se han convertido en embudos que colapsan el desarrollo de su empresa.

Ortega y Gasset [2] ya lo hacía notar, muchos años antes que Laurence Peter cuando dijo que:

Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes.

Y eso, en un momento en que las grandes multinacionales todavía no existían y el sistema público se había tornado tan ineficaz, directamente en relación con su tamaño, como lo es en nuestros tiempos.

El resumen que nos mostraba Peter era que “El trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia”. ¿De qué manera entonces deberíamos actuar para que esto no ocurriera? Solamente hay una y San Benito la tenía clara. La formación espiritual, intelectual y manual son la única alternativa para que el ser humano evolucione de manera que le permita seguir ascendiendo cada uno de los escalones que le llevarán a alcanzar su mayor perfección como individuo (hombre o mujer), como profesional y como ser humano. De ahí la importancia de la Escuela que él propugnaba. Repito, formación espiritual, intelectual y manual. A considerar como muy importante la necesidad de no anquilosarnos dentro de las organizaciones para acabar enquistándonos más de lo debido cuando no se dan alguna o, preferiblemente, las tres capacitaciones que describió.

El Principio de Peter conlleva implícitamente la necesidad de que cuando alguien ya ha dado lo mejor de sí mismo, sobre todo en lo que a posiciones de responsabilidad se refiere, debería haber formado a alguien más joven y menos experto para que asuma su responsabilidad en el momento de dejarlo. Es muy duro aceptar, aunque sea inherente al propio cargo y no forme parte de la letra pequeña del contrato laboral, que cualquiera de nosotros debería saber marcharse a tiempo de una organización, dejando resuelto el problema de la continuidad, si no ha sido capaz de mejorar sus prestaciones a través de la debida capacitación que apuntábamos anteriormente.

Cuando un experto, un responsable o alguien que se contrate por su aportación de conocimiento a la organización, llega a ésta, lo hace con un bagaje de conocimientos y experiencias sensacional y del que el propio organismo contratante se encuentra falto en esos momentos. Pasados entre tres y cinco años, es más que probable que haya aportado todo lo que puede poner a disposición de la empresa. Si se mantiene en el puesto y no se preocupa de formarse, van a suceder tres cosas concurrentes: la primera, que sólo estará aportando experiencia pero no más conocimiento, porque ya lo hizo a lo largo del tiempo que lleva en la misma y no lo incrementó; segunda, él mismo, no va a enriquecerse personalmente porque la empresa no le va a poder aportar más de lo que ya sabe, salvo que no aproveche para formarse en alguna escuela de negocios por su cuenta y riesgo; y tercera, las personas, los equipos y los dirigentes necesitan cambios que supongan nuevos retos continuamente, porque el mercado nos obliga a ello y la persistencia en un lugar estratégico lleva al conformismo y a la adecuación de la persona al medio, sin mayores retos ni intereses personales y/o profesionales que le motiven.

Para que se pueda dar este relevo, cualquier responsable debiera ser consciente de la necesidad que conlleva su cargo y mantener preparado a alguien para que le sustituya llegado el momento. De la misma manera que cualquier directivo, responsable o empleado, también debe de ser consciente de que la inhibición frente al derecho a la capacitación, acarrea consecuencias inevitables e inherentes a la posición que ocupa: la pérdida de idoneidad para la función desarrollada y la falta de competitividad profesional que le irá aproximando a la puerta de la calle.

Desgraciadamente, en muchos países, la fuerza de los sindicatos compensa esta situación, alimentándose de la falta de escrúpulos de otros tantos empresarios carentes de valores, y acaba convirtiendo las empresas en cementerios de elefantes que hacen muy pesada la carga social y deja fuera del mercado global a los sectores productivos de los citados países.

De ahí la importancia del pensamiento benedictino, entendiendo por formación espiritual, en el caso moderno de nuestras organizaciones, el reconocimiento de los valores personales y grupales; la formación intelectual, aquella que engloba cualquier conocimiento relativo a nuestras funciones, a nuestras habilidades o a cualquier materia que se corresponda con el sector en el que nos encontramos; y la formación manual, la habilidad de saber utilizar todo aquello que nos rodea en nuestro ambiente profesional cotidiano, ya basta de utilizar la edad como excusa para no saber utilizar los ordenadores, tener que recurrir a terceros para que nos monten una hoja de cálculo o dirigir una imprenta desconociendo la problemática que suscitan las máquinas de impresión Offset, por ejemplo, porque jamás nos hemos preocupado de ello.

Todo eso, también es hacer Escuela.

[1] Pedagogo canadiense más conocido por haber elaborado su teoría sobre la promoción y la responsabilidad de las personas dentro de una organización hasta alcanzar su nivel de incompetencia máximo, bajo el título El principio de Peter (1919-1990).

[2] Filósofo, periodista, político y ensayista español muy inclinado a la utilización de las metáforas y frases ingeniosas en sus escritos (1883–1955).

La desobediencia


think-different-but-dont-believe-everything-you-think

Erich Fromm[1] desarrolló un interesante estudio sobre la desobediencia publicado en su libro Sobre la desobediencia y otros ensayos (Ed. Paidos), y en su primer capítulo nos refiere textualmente:

El hombre continuó evolucionando mediante actos de desobediencia. Su desarrollo espiritual sólo fue posible porque hubo hombres que se atrevieron a decir no a cualquier poder que fuera, en nombre de su conciencia y de su fe, pero además su evolución intelectual dependió de su capacidad de desobediencia desobediencia a las autoridades que trataban de amordazar los pensamientos nuevos, y a la autoridad de acendradas opiniones según las cuales el cambio no tenía sentido

Afortunadamente, como recoge en su trabajo Fromm, siempre han habido y seguirán habiendo mentes pensantes, y no necesariamente nada más que políticos, filósofos o científicos, que elevarán sus voces discordantes sobre las de los demás, sobre el statu quo establecido. De no ser así, la Tierra seguiría siendo plana, el Sol giraría a su alrededor, el hombre jamás habría evolucionado de otras especies, todos seríamos descendientes directos de Adán y Eva y un largo etcétera de enfrentamientos y herejías no habrían tenido nunca lugar, como tampoco se hubieran cometido tropelías a cargo de la Santa Inquisición, no se hubieran iniciado Guerras Santas que acabaron en masacres, ni se habrían quemado en la hoguera a infinidad de personas sólo por pensar diferente de quienes ostentaban la autoridad moral, tal y como pretenden hacer ahora determinados grupos islamistas.

No es siempre, la desobediencia, el resultado de llevar la contraria. La desobediencia responde en muchas ocasiones a anteponer los principios morales (virtud moral) de alguien sobre el cumplimiento puro y simple de las órdenes o normativas establecidas por otros. Responde al derecho inalienable del individuo a elegir una opción antes que otra. La persona debe poder optar siempre libremente, en tanto que sus principios espirituales o morales entren en colisión con los intereses de los demás, sean estos, sociales, profesionales, familiares o de cualquier otra índole.

Cuando las masas se deciden a salir a la calle y plantear una desobediencia civil, a través de la manifestación de su descontento hacia sus gobernantes, no están haciendo otra cosa que defenderse y luchar por sus principios y por sus derechos inalienables como individuos y, probablemente, el acto de desobediencia no sólo está justificado sino que era necesario como ahora mismo hemos visto que ha sucedido en tierras de Oriente Medio y del norte de África, dónde caen regímenes basados en la acumulación de poder y en el amasamiento de fortunas y relaciones con gobiernos de otros países más poderosos, auténticas autocracias corruptas y perversas en su origen y finalidad. Y, más recientemente, en Grecia y en España ya veremos.

De la misma manera, cuando alguien se niega a cumplir una orden en el seno de una organización empresarial o de cualquier otro tipo, basándose ciertamente en el principio de proteger el bien de una comunidad o de otras personas, no está cometiendo un actuación contraria a la Ley, sino que lo hace rigiéndose por principios morales, pese a que estos puedan contravenir leyes y estar sujetos a sanciones.

Y qué decir de una desobediencia militar. Las cargas policiales o de los ejércitos contra el propio pueblo, al que han jurado proteger y defender, en respuesta a las órdenes recibidas, son tan o más criminales que las órdenes dictadas para que se ejecuten dichas cargas, sobre todo en aquellos casos en que se trata de circunstancias políticas y, por ende, coyunturales.

Desobedecer puede estar, en muchas ocasiones, más que justificado pero tampoco podemos caer en el error de validar la desobediencia como una respuesta cotidiana y recurrente de todos aquellos a los que no les apetezca resolver los asuntos de una determinada forma y manera en el momento adecuado o porque prefieran cualquier otra opción. La desobediencia debería sustentarse siempre, al igual que cualquier ordenamiento, sobre una base sólida justificada y justificable a la que podamos recurrir cuando hayamos de argumentar nuestra actuación. Es decir, bien está que un empleado acabe desobedeciendo una norma porque a través de un proceso elaborado del pensamiento, alcance la consideración de que su ejecución podría comportar pérdidas o perjuicios para él, la empresa, sus compañeros o la sociedad; pero debe saber que, al final de su acción, se producirá un análisis de actuaciones (llámenle juicio si quieren), en el que se habrá de dilucidar si dicha actuación fue correcta y justifica la omisión de la ordenanza puntualmente o si, aún por encima de ese incumplimiento, conviene la modificación de la propia norma de cara a futuras actuaciones o, por el contrario, se deben depurar responsabilidades ante una flagrante actuación sin sustentación argumental, ni rigor técnico.

No es una cuestión sencilla, ni lo ha sido nunca. Atenerse a la autoridad pero siempre dejando puertas abiertas al diálogo antes que llegar a situaciones de ruptura por flagrantes injusticias que se puedan haber cometido. Y esa es la respuesta adecuada. Abrir puertas y dejar espacios de debate que permita que la obediencia se convierta en lo que debería no haber dejado de ser nunca: ob audire, el resultado de escuchar, de hacerlo entre todos, de escucharse unos a otros, con humildad, buscando siempre lo mejor.

Para acabar con la desobediencia me quedaré con unas frases de Marcela Robles[2] tomadas de un artículo suyo en el Comercio.com.pe que me resultan muy reveladoras en cuanto a la obediencia y a la desobediencia:

No esgrimo la desobediencia como un estandarte. Se trata de una metáfora que irradia estados interiores que salen a la luz luego de los procesos creativos, convertidos en una criatura que camina con sus propias patas, sin que uno pueda hacer nada para detenerla o amordazarla.

Tampoco menosprecio la obediencia. Cuando no se trata de un estado de hipnosis idiótica o robótica, o de sumisión, puede ser un buen entrenamiento; una disciplina que fortalece el ánimo, la templanza; la capacidad de entender mandamientos ajenos, y la comprensión de causas que no son las propias.

El asunto es que luego de ser expulsados crónicamente del parnaso de los que siguen las reglas al pie de la letra, y de lamernos las cicatrices, aprendemos el catecismo de la desobediencia creativa. El que nos enseña que si uno transita por los caminos que elige tiene que desobedecer algunas leyes del statu quo, e improvisar. Ahí surge un desafío mayor, el de la desobediencia a uno mismo, quizás la voz más autoritaria que existe: un mandato.

En muy pocas y bellas palabras nos expresa las virtudes y defectos de ambas posiciones: obediencia y desobediencia y, como dice Marcela Robles, la más autoritaria: la nuestra propia.

[1] Psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista americano de origen judeo-alemán (1900-1980).

[2] Poeta, dramaturga y periodista peruana.

 http://elcomercio.pe/edicionimpresa/html/2008-06-01/la-desobediencia-creativa.html.

 

(Del libro “San Benito y el Management, Gestión Empresarial con Valores Benedictinos